El pasado 30 y 31 de mayo se celebró el Día del Patrimonio —instancia que bajo las nuevas directrices institucionales recupera su nombre en singular— y más allá de abrir las puertas de palacios restaurados, museos en Santiago o monumentos de piedra, esta fecha nos invitó a mirar hacia adentro, a lo que no se ve ni se toca. Nos habló de la identidad que late en los gestos de todos los días: en las historias conversadas al calor del fuego y en las manos de las comunidades que sostienen la memoria de nuestros pueblos.
Las voces de las mujeres que entrevistamos en Paredones y Pichilemu —hijas, maestras y guardianas de la costa y el secano de O’Higgins— muestran uno de los más apremiantes sentidos de este patrimonio vivo. Sus relatos no son recuerdos para la nostalgia; son las páginas vivas de un mapa que define el alma costina y campesina de nuestra tierra.
Al escuchar sus testimonios aparece algo hermoso: el lazo invisible, pero firme, entre el mar y el campo. La geografía siempre nos ha hecho creer que la costa y el secano interior van por caminos separados. Pero la cultura de la cocina borra esa frontera. En las ollas de estas comunas, el cochayuyo, la lapa, la macha y el pejesapo se juntan sin pedir permiso con los porotos, la quinoa y las hierbas que crecen silvestres, como la romaza o el yuyo.
Hay un viaje de ida y vuelta que se tejió hace años, a lomo de mula y entre familias que se daban la mano a través del trueque. Así nació una cocina y una artesanía hechas para sobrevivir, pero con una sabiduría tremenda. Es la pura ciencia del saber local: el ingenio de transformar la escasez en un plato abundante, nutritivo y lleno de identidad.
Sin embargo, no podemos quedarnos en el aplauso fácil o en la contemplación estática. Lo que nos cuentan estas mujeres nos pone frente a una urgencia que no puede esperar.
Primero, hay un corte peligroso en la forma en que pasamos los saberes a los que vienen. Ese aprendizaje que antes se daba de forma natural —”mirando”, “sapiando”, pegaditos al fogón de adobe— hoy se está perdiendo por el ritmo de la vida moderna y el desinterés de los más jóvenes. Cuando una artesana señala que el oficio de trenzar la paja para las chupallas se está quedando sin herederos, nos está avisando que estamos a una sola generación de borrar un conocimiento acumulado por siglos.
Segundo, esta pasada conmemoración nos recordó que los saberes necesitan de la tierra para seguir vivos. Las advertencias de las entrevistadas son duras: el avance de las forestales ha secado las napas de agua y ha hecho desaparecer la flora silvestre que antes usaban en sus guisos. No hay cultura que aguante si nos quedamos sin agua ni tierra sana. Cuidar el saber de las loceras, las cocineras y las chupalleras es, al mismo tiempo, defender la huerta, el cerro y las rocas del mar que les dan sus materias primas.
Salvar y valorar la memoria de Pichilemu y Paredones —así como de otros rincones de nuestra ruralidad— es un acto de resistencia. Reconocer que la enseñanza silenciosa de estas mujeres —un saber que pasa de madres a hijas— es un pilar de nuestra sociedad, es el mejor homenaje que podemos hacerles.
Este cuidado no puede haberse acabado el 31 de mayo; tiene que transformarse en realidades: escuelas donde los viejos enseñen a los jóvenes, mercados con precios justos y leyes que protejan los paisajes de la Región de O’Higgins.
Cada vez que una cocina de adobe apaga su fuego de leña o una máquina Singer se queda callada en Cutemu, se apaga un pedazo de la memoria de Chile. Rescatar estas voces es una deuda con el pasado, pero, sobre todo, la brújula más clara para construir un futuro con raíces, dignidad y memoria viva.
*Fotos banner:
1. Los Troncos Pañul: https://www.instagram.com/lostroncospanul/
2. Doña Demofila Reyes, Trenzados de Cutemu: https://www.instagram.com/trenzadosdecutemu/
3. Mujer recolectora de algas, GORE O’Higgins: https://www.goreohiggins.cl/





