Al visitar las comunas del secano costero de la Provincia de Cardenal Caro hemos conocido su particular geografía y sus componentes naturales. Al escuchar las narrativas de sus habitantes percibimos no solo la riqueza de recursos naturales presentes en la zona y de la agrodiversidad proveniente de ciertas variedades locales, sino que también comprendemos en profundidad su matriz cultural, su devenir histórico, las adaptaciones de sus sistemas productivos, sus actores sociales y sus funciones, sus tradiciones y festividades, es decir, su idiosincrasia.
Los relatos van dando cuenta de las interacciones de sus habitantes con su territorio, sus dinámicas sociales y culturales, así como también sus transformaciones e innovaciones, los cuales nos permiten comprender su cultura y su identidad. En ese contexto, las narrativas de los habitantes nos van guiando en la comprensión de los acontecimientos históricos y, mediante la memoria culinaria, observamos las continuidades y transformaciones en los modos de vida particulares de la zona, los cuales tienen su correlato en los hábitos alimentarios actuales.
Este acercamiento a la memoria culinaria, al mismo tiempo, nos ofrece una mirada acerca de la pérdida de biodiversidad y de la fragilidad de los ecosistemas, en un contexto de cambio climático y de la acción antrópica en el entorno. Este proceso, que observamos en la industrialización de los alimentos, así como también en crisis ecológica de nuestros territorios no sólo involucra cambios en los hábitos alimenticios, sino que también conlleva a una extinción silenciosa de los oficios tradicionales presentes en la provincia.
La comida es una de las expresiones culturales e identitaria de los pueblos y se revela como un elemento constitutivo del patrimonio cultural de la provincia y de la región de O´Higgins. Se observa que las preparaciones culinarias y los tipos de alimentación siempre se han relacionado con los sistemas productivos y reproductivos que han estado presente en los territorios a lo largo de su historia. De esta manera, podemos interpretar y comprender que las preparaciones valoradas como tradicionales son el reflejo de una memoria culinaria local, la cual evidencia una construcción del significado cultural de cada alimento, el que se ha sostenido en la cotidianeidad de sus habitantes, a través de las distintas generaciones.
“[En mi infancia desayunábamos] lo mismo que todo el tiempo, un té, un mate. Yo me crie con mi abuela y ella era matera. También comíamos ulpo, la harina tostada nosotros mismos la hacíamos en la piedra, la molíamos y comíamos. También café de trigo, que se hacía en la cayana. Pan o tortilla, lo que hubiera. Si no había pan, cocíamos una ollada de papas y comíamos papas cocidas con la color y té (…) hasta el día de hoy se hace la color, sobre todo para la quinua (…) Antes yo no conocía el repollo, íbamos al cerro a buscar sacos de yuyos. Ahora ya no se ven, antes comíamos porotitos con yuyos y quedaba la comida verdecita, era rico. [también] comíamos romaza en la comida. Salíamos a buscar cardos blancos para la ensalada, la penca también. Comíamos mucho los machos arrebozados, machos ahogados, pantrucas (…) yo sigo manteniendo lo que cocinaba la abuela y mis hijas siguen lo mismo (…) pero los nietos hay que darles aparte, no comen nada” (Estela López, 85 años, Paredones)
El patrimonio culinario y las memorias de las cocinas nos permiten acceder a descripciones y contextos de distintas épocas y formas de vida, que la modernidad y los modelos de desarrollo han ido transformando, y en algunos casos, han ido dejado atrás. En ese sentido, el patrimonio culinario, y los alimentos que se ingieren, se presentan como una categoría histórica, un documento vivo que permite acceder a un contenido histórico e identitario, que distingue en lo colectivo una matriz llena de significados que permiten contemplar los conocimientos y saberes compartidos, como también interpretar y comprender sus visiones de mundo, los cuales se transmiten entre generaciones y se aprenden en la observación y en el hacer cotidiano. Mediante las prácticas culinarias, y los recuerdos que se tienen de ella, se observan ritmos y pautas históricas que traspasan generaciones. Considerando eso, “el alimento constituye una categoría histórica, pues los patrones de permanencia y mudanzas de los hábitos y prácticas alimenticias tienen referencias en la propia dinámica social” (Antunes dos Santos, 2005)
“Yo nací en Santiago, mi papá era muy machista y murió cuando yo tenía 8 años. Me casé muy joven, a los 16 años. Quedé viuda, me volví a casar y también volví a quedar viuda. Después que murió mi segundo marido me vine a vivir a Pichilemu y ya llevo 15 años viviendo acá (…) Me gusta cocinar, aprendí con mi abuela materna, cocinábamos en esas cocinas a leña, de esas antiguas. También aprendí con una tía que tenía un restaurant en El Tabo, yo me iba en el verano para las vacaciones y le ayudaba. Ella me enseñó muchos platos, como el caldillo de congrio, me enseño a pelar los porotos verdes largos para ensaladas y más cortitos para los guisos. También el chupe de loco, pastel de jaiba con queso, pollo al coñac, empanadas de caracol de mar” (María Cristina Latapiat, 77 años, Pichilemu)
Los relatos de la memoria culinaria abarcan las últimas cuatro generaciones. Al abordar los recuerdos acerca del tipo de alimentación que tenían en la etapa de la niñez, podemos conocer qué se comía y comprender por qué se comía aquello. En consecuencia, podemos realizar vinculaciones entre las distintas dimensiones de la cultura de la zona, por tanto, una preparación o un plato de comida nos comunica el sistema social de un territorio, sus actividades productivas y laborales propias de la vida campesina. De esta manera, una preparación de porotos con cochayuyo o mote con leche nos exhibe los recursos y dinámicas sociales presentes en el territorio, como también sus transformaciones a través del paso de las distintas generaciones.
“Antes comíamos mucho el mote, con zapallito, con poroto, o mote al caldo. Ahora eso a los chiquillos no les gusta mucho, no les gusta el caldo con mote, por ejemplo, un caldito de vacuno con mote, una carbonadita con mote, es muy rica y más sana, pero no les gusta. El mote es fácil de preparar” (Berta Cáceres, Paredones, 77 años)
En este contexto, la alimentación nos habla del ciclo agrario, de la crianza de animales, como también los oficios tradicionales estrechamente relacionados a estas prácticas. En ese sentido, destacamos las relaciones entre los recursos que provienen de las áreas ecológicas del secano y secano costero con oficios tradicionales, los cuales a su vez se articulan con las prácticas culinarias.
“La vida de antes era de mucho mote, había que tener mote todos los días, porotos con mote o si no, un caldo con mote (…), pero ahora esas cosas son diferentes. Antes comíamos de todo, harina tostada, ulpo. Ahora, ¿quién come ulpo? Yo a mis chiquillos los crie con ulpo, les daba leche y tostaba la harina. Y les gustaba y es más alimenticia” (Berta Cáceres, 77 años, Paredones)
Esta observación se hace muy patente y significativa cuando se menciona el consumo del trigo y los distintos usos del cereal. De su cultivo y cosecha, el grano es el principal producto que se obtiene, utilizado para la producción de la harina, ingrediente básico para la elaboración del pan, alimento que ha nutrido a la humanidad.
“Yo empecé a cocinar de muy jovencita, tendría como unos 8 años. Yo molía [el trigo] en la piedra, antes teníamos que moler en la piedra para comer pan, comer tortillas (…) tostábamos trigo, comíamos harina, ulpo, cosas así (…) la vida de antes no es como la de ahora (…), éramos bien pobres. A una no le dieron estudios, la sacaron del estudio para sacarla a trabajar. Yo, cuando empecé a trabajar, empecé a coser a los 15 años, me sacaban a cortar uvas. Y empecé a trenzar como a los 6 años (…) ese trabajo era todo para mi mamá (…)” (Berta Cáceres, 77 años, Paredones)
Los testimonios dan cuenta de que, a lo largo del día, el pan o la tortilla se encuentra presente en las cuatro comidas principales. A su vez, hay otros productos que se pueden preparar a partir del grano, como la harina tostada en cayana y el café de trigo, así como también el recordado mote, presente en variadas preparaciones que eran típicas de cada día. Las distintas preparaciones con este grano dan cuenta de su versatilidad y riqueza cultural.
“Lo que más consumíamos era legumbres. Los porotos se preparaban con el mote, el trigo era para todo, lentejas con mote, todo era con mote, los garbanzos. Muchos platos más se hacían con mote, cuando había arvejas, y quedaba rico. Al desayuno tomábamos ulpo caliente, se hacía pan amasado y tortilla de rescoldo. El café de trigo y el ulpo eran más para el invierno. En verano se tomaba té (…) Mi abuelita tenía una vaca y sacaban leche, y también hacíamos con mote la leche, en una olla de greda. Mi mamá hacía de vez en cuando mantequilla con la leche de mi abuelita, para el consumo, quedaba rica,” (Demófila Reyes, 85 años, Paredones)
En cuanto a la carne y la utilización completa del recurso animal, los relatos describen las técnicas utilizadas para su mantenimiento; en un contexto de pobreza, de familias numerosas y de escasos recursos materiales como tecnológicos.
“Antes criábamos cerdos, en mayo se mataban, se comía carne asada, [hacíamos] queso de cabeza, moras y las rellenábamos con la sangre, cebolla y papitas chicas, no le echaba arroz, y quedan muy ricas. En otras partes, para afuera, le echan mote. A veces hacíamos arrollados, pero como éramos tantos, a veces no alcanzaba la carne para hacer tantos arrollados para todos. Los chicharrones los comíamos en las comidas o los calentábamos y le echábamos harina tostada y cebollita. L manteca para el pan y se guardaba también. Nosotros preparábamos todo eso” (Estela López, 85 años, Paredones)
En ese contexto la sal de mar, que proviene de las salinas existentes en la zona, asume una importancia imprescindible, ya que permite la conservación de la carne y otorga la posibilidad de asegurar del abastecimiento de proteínas para las familias durante los largos meses de invierno.
“Antes no había refrigerador, ni una cosa (…) y como yo había empezado a trenzar harto, yo era bien alentá desde muy chica, y gobernaba mi plata. Yo le compraba carne al caballero, me llevaba carne a la casa, y después se la pagaba (…) la secaban, la salaban [la carne] y la secaban al sol, la sancochaban, la salaban y la dejaban al sol” (Berta Cáceres, 77 años, Paredones)
“A mis hijos les daba mucha carne [porque] mi marido compraba mucha carne, porque mi marido ganaba plata. Para conservarla había unas mallitas que salían antes, las carniceras, para que no se le metieran las moscas. También sancochábamos la carne y la guardábamos, Después adquirimos un refrigerador” (Demófila Reyes, 85 años, Paredones)
Además del uso de la sal como condimento o técnica de conservación, se expresa también como un medio de intercambio y proporciona una oportunidad de ser trocada entre los vecinos de las localidades por otros recursos, como cosechas de legumbres, cereales, productos del mar, artesanías, por mencionar algunas.
Destacamos el trigo y la sal en las experiencias de vida conocidas ya que los recuerdos enfatizan ciertos elementos o “productos” locales y, los cuales, a su vez, dan cuenta de labores o prácticas tradicionales que le otorgan, en la actualidad, un sello característico a este territorio. La sal de mar, aparte de ser un producto de alta calidad, es una expresión viva de una tradición cultural, de un modo de vida sustentable vinculado estrechamente con la naturaleza y sus ciclos. En el caso del trenzado de paja de trigo, más que una artesanía, es una práctica que refleja una identidad arraigada al territorio. En ambos oficios se han desplegado un “saber hacer” característico de la zona, que le otorga una identidad especifica a las producciones de las localidades en donde se expresan. En ese sentido, el trigo y la sal contienen un gran valor cultural para la zona y para la memoria local. De esta manera, estas prácticas artesanales, conocidas también como oficios tradicionales, son ejemplos de una de las tantas manifestaciones culturales presentes en el territorio, y son reconocidos por el Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio como Tesoros Humanos Vivos dentro de la Región de O´Higgins.
Por su historia y trascendencia, son consideradas como componentes del patrimonio cultural inmaterial, ya que integran conocimientos, técnicas, representaciones y prácticas sociales asociadas a un paisaje cultural único. Es así como en 2019, el oficio de trenzado en paja Ligún de Cutemu y alrededores pasa a formar parte del registro de patrimonio inmaterial de Chile.
Por paisaje cultural estamos entendiendo a las formas de interrelación entre la naturaleza y cultura, a través de prácticas y tradiciones, y que da como resultado el cómo las comunidades transforman y dan sentido a su entorno (C.Sauer, 1925)
En cuanto a la materialidad de este patrimonio; la sal y los trenzados de su artesanía, son expresiones del paisaje cultural de las comunas de Pichilemu y Paredones, y reúnen una gran relevancia histórica y cultural. Los salineros de Cáhuil; ubicados en la costa sur de la comuna de Pichilemu, cultivan y cosechan artesanalmente la sal de mar gracias a la evaporación solar, presente en marismas o en piscinas de bajo nivel inundadas por aguas salobres. Asimismo, los y las trenzadoras de la paja de trigo Ligún en la localidad de Cutemu; al interior de la comuna de Paredones, quienes fabrican mediante el trenzado de pajas de trigo de producción local, sombreros característicos de la zona. Ambos oficios artesanales tienen una larga tradición en la región y su transmisión como conocimiento se ha desarrollado, de generación en generación, mediante la cultura oral y la práctica, a través del saber hacer. Sin embargo, en la actualidad se enfrentan a desafíos relacionados con la crisis climática y la degradación ambiental producto de la intervención humana en los ecosistemas locales.
El sistema tecnológico salinero representó la fusión de saberes provenientes de los indígenas Picunches y de los hispanos que se establecieron en el territorio durante la Colonia. Para los primeros, la sal era extraída de manera más rudimentaria, la utilizaban para la conservación de los alimentos y formaba parte del sistema económico basado en el intercambio, que permitía el abastecimiento de otros alimentos y artefactos. Para los segundos, su utilización era una condición indispensable para la conservación y condimentación de la carne, para asegurar el éxito de la empresa militar en la época de la conquista (para alimentar al ejército con charqui) y también para el establecimiento de sus asentamientos. De esta manera, su explotación se concentró en las desembocaduras de la sexta y séptima regiones, en los poblados costeros de Rapel, Cáhuil, Barrancas, La Plaza. Llico, Boyeruca, Lo Valdivia y Vichuquén (Carrasco; Lillo, 2008).
“Nací en mi casa, en Ciruelos, que queda como a 6km de la costa de Cáhuil. Estuve hasta los 14 años, después me fui porque Ciruelos era muy pobre y nosotros éramos 19 hermanos. Yo tenía 18 años cuando falleció mi mamá y mi papá. Yo y otro hermano mayor tuvimos que salir a trabajar afuera porque acá en Pichilemu era muy pobre y no había (…) Teníamos que mantener a 8 hermanos pequeños (…) mi padre era muy trabajador, trabajaba en el correo, en salinas, en chacras, en todo lo que pudiera trabajar (…) [en esa época] para ir a comprar de Ciruelos a Pichilemu, en el invierno, tenían que ir a pie porque los caminos eran muy malos, ni en cabritas [se podía pasar] porque los caminos se ponían demasiado malos” (María Elena González, 78 años, Ciruelos)
Producto de su geografía, de la escasez de caminos y medios de transporte, el arriero o costino tendrá un papel preponderante, al trasladar sobre los lomos de recuas de mulas los sacos de sal para su transporte y comercialización por los diferentes poblados, hasta llegar a los puertos más cercanos.
“Mi papá fue arriero, iba a las salinas de Lo Valdivia o a Bucalemu a buscar sal con machos o con mulas. [Los productos que llevaban] los vendían y cambiaban por cosas para afuera, por papas, porotos, la sal [estaban por fuera] varios días, 8 o 9, iban y volvían. Iban por una parte y volvían por otra. Conocí a todos esos arrieros…” (Estela López, 85 años, Paredones)
De esta manera y a lo largo del camino, también intercambiarán la sal por otros productos necesarios como los granos, las papas, legumbres y algas pardas como el cochayuyo.
“[Los costinos] arriaban mulas y en mulas llevaban la sal para afuera, la cambiaban por cosecha (…) mi marido también arrió mulas, también fue costino, llevaba la sal. Iban a buscar la sal a las salinas, a la de Valdivia, y de ahí la llevaban, la iban a dejar en un camión para afuera. Y de ahí, después iban ellos en mulas y la repartían por porotos, por papas, por cosechas, por garbanzos, por todo, hacían intercambios. También llevaba cochayuyos, encima de los sacos de sal iba el cochayuyo” (Demófila Reyes, 85 años, Paredones)
“Mi marido estuvo hartos años [como arriero] y traía harto poroto porque todo lo que llevaban [la sal y cochayuyo] lo cambiaban por porotos. El trabajo de arriero lo hacía en verano porque para llegar a donde ellos iban tenían que acampar por ahí. Andaban a caballo con las mulas, acampaban por ahí y después seguían. Cuando ya repartían toda la sal se venían, y cuando venía la cosecha, juntaban toda la cosecha y con las mulas otra vez” (Demófila Reyes, 85 años, Paredones)
En cuanto a la importancia del cultivo del trigo como práctica agraria, ha desempeñado un rol muy importante en el desarrollo y alimentación de la humanidad. En América, este cereal fue introducido por los españoles al inicio de la Conquista y en la región de O´Higgins se adaptó muy bien a las condiciones de clima mediterráneo. Esto permitió que entre fines del siglo XVII y comienzos del XX, Chile tuviera un auge triguero y fuera un gran exportador de granos y harina de trigo. Gran parte del secano interior de la zona central estaba dedicado al cultivo del trigo. La producción se concentró en las cercanías de la cordillera de la costa, facilitando el traslado de los granos, el que era realizado sobre mulas y enormes carretas tiradas por bueyes a través de escasos y precarios caminos para llegar a los puertos más cercanos. Las labores de siembra, cosecha y trilla del trigo se realizaban de forma manual y para estas faenas se necesitaba a mucha gente.
La relevancia de su cultivo y cosecha no sólo se refiere a la obtención de un alimento, sino que también da cuenta de distintas prácticas culturales asociadas a su obtención: productivas, laborales, sociales, familiares, de género, alimenticias, festivas, religiosas, comerciales, de subsistencia, de cooperación, comunitarias, constructivas (usado para la mezcla del adobe y para el techado de viviendas rurales), artesanales, destacando la “Chupalla de Huaso”, sombrero típico del hombre de campo chileno.
“Mi marido compraba mucha carne porque nosotros cosíamos en la máquina, cosíamos chupallas (…) Una hermana aprendió primero y mi marido le preguntó si nos enseñaba a nosotros para trabajar también, porque no había nadie más que hiciera eso. Nosotros trenzábamos [la paja] y vendíamos la trenza. Hacíamos a mano también los sombreros, cuando estábamos jóvenes. Estuvimos hartos años haciendo sombreros. Después mi marido compró una maquina a mano, aprendió altiro y empezó a coser. [aprendí a usar la máquina] e hice muchos sombreritos chicos, para niñitos. Y todos se vendían. Ahí fui aprendiendo. Hacíamos chupallas y las vendíamos, y la gente nos mandaba a coser. Mucha gente salía a venderlas y nos mandaban a nosotros porque no había más costureros (…) nosotros hacíamos puras chupallas. Ahora ya no hago, ni a mano ni a máquina” (Demófila Reyes, Paredones, 85 años)
Durante el siglo XX se produce un importante cambio a nivel mundial en la agricultura y Chile no estuvo ajeno a esta transformación del sistema de producción, proceso conocido como la “Revolución Verde”, lo que significó la modificación de “las variedades de trigo tradicionalmente usadas, reduciendo su altura de 1,5 m a 0,9 m, evitando con ello su caída cuando el cultivo era fertilizado. También se mejoró su resistencia a enfermedades y los rendimientos potenciales de estas variedades se duplicaron. Es así como las nuevas variedades de trigo liberadas a inicios de los setenta comenzaron a desplazar a las variedades locales. A este gran cambio se sumó la mecanización agrícola, el riego tecnificado, la fertilización, el control de malezas, plagas y enfermedades, lo que permitió que en un periodo de cien años el rendimiento nacional de trigo se sextuplicara, pasando de 1.000 a 6.000 Kg/ha entre 1925 y 2025” (De la Sotta; Silva; Schatzke; Cattan, 2025)
A pesar de estos cambios, los rendimientos de los cultivos de la zona de la cordillera de la costa se mantuvieron bajos. La erosión de los suelos, consecuencia de su sobreexplotación durante la fase exportadora en el siglo XIX, provocó una pérdida importante de los suelos arables, convirtiéndose en una de las zonas más erosionadas del país. Esto agudizó la pobreza y presionó el movimiento de la población rural, provocando la migración a las ciudades.
“Mi marido era agricultor y hacía chupallas. Después dejó de ser agricultor porque ya no había suelo donde sembrar, como plantaron todo con los pinos (…) Antes de los pinos había arboles nativos. Esos los cortaron todos y después lo quemaban y ahí hacían la siembra en el suelo (…) Después el nativo se terminó, lo terminaron todo porque plantaron puros bosques de pinos, de eucalipto. Así que ya después no fue quedando donde sembrar, nada” (Demófila Reyes, 85 años, Paredones)
Para la década de 1980, con la implantación del modelo neoliberal, se produce un cambio en el uso del suelo, lo que fue visto como una solución productiva, reemplazando la siembra de granos y de trigo por la forestación de pinos y eucaliptos. Esta medida no solo impactó en la baja producción del trenzado de paja de trigo, afectando el oficio, la caída en los precios y el valor percibido de las artesanías disminuyó su producción, además, tuvo efectos en la degradación de los suelos y la biodiversidad local.
“Hace 50 años atrás no era así, [aquí] hay mucho cultivo de pinos y eucaliptos. Antes no, porque antes esto lo sembraban, los cerros se hacían de pura siembra. Cuando empezaron las plantaciones de árboles se acabó todo. Plantando pinos no se puede sembrar más, aquí antes se sembraba de todo, trigo, lentejas (…) es que muchos no siembran ahora, no lo hacen por los pinos. Si esto lo sembraban en los barbechos, la quinua, los chicharos” (Estela López, 85 años, Paredones)
El relieve de la zona de la cordillera de la costa no facilita el desarrollo de una agricultura de riego como ocurre en los valles de la zona central, donde se ha desarrollado fuertemente la fruticultura de exportación. En la cordillera de la costa la agricultura es de “rulo” o “secano”, y el agua para los cultivos se obtiene de la lluvia; por lo tanto, su productividad está limitada a la cantidad de lluvia y a la poca capacidad que tienen sus suelos para almacenarla. La escasa producción económica hace al territorio poco atractivo, unido a la falta de conectividad, a lo que se atribuye la mantención de un sistema productivo tradicional. El trigo es un cultivo común dentro del modelo de agricultura campesina familiar, en el cual colaboran todos sus integrantes, así como también los vecinos y amigos.
Este contexto permitió el desarrollo de la artesanía en torno al trenzado de paja de trigo, tradición con más de 100 años de antigüedad. Actualmente esta práctica ha desaparecido en muchas regiones, pero se puede encontrar en la cordillera de la costa en las comunas de Paredones (Cutemu) en la región de O´Higgins, Vichuquén en la Región del Maule, en el valle del Itata (Ñuble), en donde las condiciones climáticas, geográficas y culturales han permitido la preservación de este oficio.
En el secano de la cordillera de la costa aún es posible encontrar una diversidad de variedades locales de trigo, como el Ligún en la zona de Paredones (Cutemu). Estas variedades locales de trigo usadas por las y los artesanos de estas tienen características especiales para el trenzado; que utiliza la parte superior del tallo, llamada pedúnculo, sección que va entre la última hoja y la espiga. En estas variedades tiene la particularidad de ser más largo, delgado, flexible y resistente que el de variedades modernas de trigo. Su siembra se debe realizar a mayor densidad para lograr una producción superior de pedúnculos de calibres delgados a finos. Se debe aplicar una escasa fertilización nitrogenada para evitar su rigidez, y ser cosechados muy secos, a diferencia de las variedades modernas de trigo, que se cultivan para producir grandes cantidades de grano.
Al ser el pedúnculo la parte del trigo utilizada para el oficio, su cosecha, trilla y separación debe ser hecha manualmente. Esta labor se debe hacer en pleno verano compitiendo con el trabajo de temporada de cosecha de la fruta de exportación, como arándanos y cerezos. La demanda por mano de obra en el valle central implica que los campesinos y vecinos que viven en las comunas de la cordillera de la costa prefieran destinar varias horas al día en desplazarse a otros lugares de trabajo donde son bien pagados. Esta competencia ha dejado como gran perdedor a la producción de paja para uso artesanal.
Las mujeres y hombres que mantienen la práctica del trenzado de la paja de trigo portan un conocimiento que se ha transmitido de generación en generación mediante la oralidad y la práctica del oficio, desde temprana edad. Sin embargo, las diferentes generaciones presentan un nivel de tensión en la continuidad de estos saberes, lo que se traduce en diversos desafíos que presenta la práctica de este saber hacer.
“Mi hija mayor fue la única que aprendió a trenzar. Trenzó un tiempo, cuando vivía conmigo, trenzó harto. Después que se casó, un tiempo trenzaron harto, pero ahora ya no trenzan, porque no les gusta y no tienen la necesidad. Uno no quiere que se pierda la tradición. Yo le hice harto empeño en que aprendieran a coser, para que no se perdiera, que no fuera yo la única en la casa, pero no les dio para aprender a coser sombreros (…) [por acá] igual hay harta gente que trenza. Mi hijo mayor también trenzaba antes, yo lo hacía trenzar, hasta grande” (Berta Cáceres, Paredones, 77 años)
Estos oficios dependen de la estabilidad de los ecosistemas; tierra, clima y agua. Actualmente, la práctica se ven mermada por la degradación ambiental producto de la intervención humana y la crisis climática, lo que está acelerando la desaparición o disminución de estos oficios. Dichas prácticas dependen del equilibrio de los ecosistemas como también del manejo y gestión sostenible del territorio y del medioambiente.
Una de las expresiones de la crisis climática son las escasas precipitaciones, lo que afecta en el cultivo del trigo que se utiliza para esta artesanía, influyendo en que la paja crezca delgada, pero muy corta. Para la optima confección del trenzado, es muy relevante que la fibra sea delgada y larga. Por tanto, una paja corta, provoca que la calidad del tejido se reduzca o se quiebre fácilmente.
La presión de los monocultivos forestales industriales en la zona y la sustitución del suelo agrícola por este tipo de plantaciones, aceleran la erosión de la tierra, absorben las pocas napas subterráneas de agua disponibles y arrinconan el cultivo del trigo Ligún, que es la variedad utilizada tradicionalmente. Este panorama acentúa la perdida de la biodiversidad agrícola, ya que el trigo Ligún es una variedad local no industrial, por tanto, es una semilla ancestral. Con la degradación de los suelos y las alteraciones climáticas, resulta cada vez más difícil mantener la viabilidad de esta semilla. Considerar el reemplazo por variedades de trigo transgénicas o industriales para la continuidad del oficio no es viable porque su paja es rígida, carece de flexibilidad y el brillo dorado que caracteriza a la variedad de trigo Ligún.
Al mismo tiempo, detrás de estos oficios hay historias de vida en donde la escasez y la pobreza son factores determinantes en la falta de interés por continuar su práctica. Las generaciones mayores, aunque quieran mantener la tradición y su cultura, también promueven a los más jóvenes a buscar nuevas oportunidades laborales, acentuando la salida desde la ruralidad hacia otros sectores de la región. Este fenómeno da cuenta de la tensión entre la tradición y la modernidad. Por lo tanto, la globalización y el mayor acceso a la información también se convierten en un estímulo para las nuevas generaciones para adquirir nuevos conocimientos y tecnologías, estudiar alguna carrera profesional o técnica, que les permita alcanzar una mejor calidad de vida, diferente a la de sus padres y abuelos.
Sin embargo, en regiones históricamente marginadas, este oficio brota como una práctica que redefine las posibilidades de desarrollo sostenible, destacando la importancia del patrimonio cultural como base primordial. Es un testimonio de cómo un saber hacer puede preservar la memoria, construir identidad y proyectar esperanza, uniendo generaciones a través de una trama continua que conecta al ser humano con su tierra y su historia. Este oficio vincula el trabajo de la tierra con la creatividad, dando lugar a objetos que encapsulan la relación de las artesanas y artesanos con su entorno. Esa conexión nos habla de agroartesanía, que combina tradición y sostenibilidad, desafiando las dificultades para mantenerse viva en un mundo en constante cambio. Es así como el trenzado de paja trasciende lo artesanal para convertirse en un poderoso vehículo de identidad y resistencia comunitaria (De la Sotta; Silva; Schatzke; Cattan, 2025) Desde esta mirada se pone en valor el papel de las comunidades al reconocer su capacidad de adaptarse y persistir, continuar y mantener el legado cultural de un territorio a lo largo del tiempo.
En el caso de los salineros, la producción histórica de su labor se ha visto afectada por la acción humana que está alterado artificialmente el régimen hídrico, transformando el equilibrio salino del agua de la laguna. A su vez, la inestabilidad climática presente en todo el planeta ha ido en detrimento de este oficio.
La alteración artificial del régimen hídrico, como consecuencia de la operación del embalse de Convento viejo, ubicado en Chimbarongo, diseñado para favorecer la agroindustria, a través del riego agrícola. Las aguas bajan por el Estero Nilahue hasta la laguna de Cáhuil, alterando el equilibrio salino del humedal, inundando los cuarteles de sal artesanal en la época de cosecha y disuelve las pilas ya recolectadas.
Esta pérdida del equilibrio salino en la laguna reduce drásticamente la salinidad del humedal. Sin la concentración salina adecuada y el proceso natural de evaporación causada por la energía solar, el agua no logra cuajar, es decir, cristalizarse, impidiendo su producción. Al mismo tiempo, la inestabilidad climática expresada en los cambios en las temporadas de lluvias y marejadas alteran el ciclo estacional anterior al que se experimenta en la actualidad. De esta manera, las lluvias tardías o fuera de temporada arruinan los meses de preparación de la tierra en las piscinas de decantación.
Este fenómeno representa una contradicción de la modernidad, en el afán de alimentar un modelo agrícola intensivo, se diluye la memoria viva de nuestra costa expresada en el oficio ancestral de los salineros. A pesar de esto, la tradición salinera, su riqueza cultural y su conexión con el medio ambiente se erige como un símbolo de resistencia y creatividad, al mismo tiempo que ofrece un modelo de desarrollo sostenible.
Este fenómeno nos direcciona la mirada y nos exige que entendamos que la cultura y la biodiversidad van de la mano. No es posible que exista un oficio y una labor artesanal sin su paisaje. Cuando el ecosistema se degrada, el conocimiento de la práctica, transmitido por generaciones, pierde su soporte material. Al ignorar este contexto de crisis no sólo perdemos especies de flora y fauna, también estaremos perdiendo la identidad de la Región de O´Higgins.
La protección y la salvaguarda de los oficios no es un asunto meramente cultural o de fomento artesanal, también es un gesto de justicia ambiental. Resulta cada vez más urgentes políticas públicas que regulen con criterios ecológicos, que favorezcan la protección de las cuencas hídricas y la práctica de los salineros como también el cuidado del suelo agrícola del secano para las semillas locales.
La mirada ecológica no puede quedar supeditada a criterios económicos, necesitamos de los ecosistemas para nuestro bienestar social (humano y ambiental), por tanto, el desarrollo debe transitar hacia la sostenibilidad.
* Columna de Gloria González, antropóloga
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1. Salinas de Cáhuil. Foto de Carla Nova: https://www.instagram.com/studio_nova_nova/
2. Doña Zaida Muñoz, Trenzados de Cutemu: https://www.instagram.com/trenzadosdecutemu/





