Doña Berta Campos Garrido es una portadora de memoria viva de la cocina tradicional del campo chileno. Nació en la localidad de La Estrella, donde pasó su infancia y adolescencia, antes de partir al sur de Chile. Vivió largos años fuera de su pueblo natal y regresó definitivamente a La Estrella recién en el año 2000, retomando allí una vida profundamente ligada a la tierra, la familia y las tradiciones campesinas.
Es la mayor de siete hermanos. Su madre falleció cuando ella tenía solo ocho años, hecho que marcó tempranamente su vida. Dos años más tarde, a los 10, fue sacada del colegio para asumir las labores del hogar y el cuidado de sus hermanos. En ese proceso, su padre —agricultor y cocinero en el Fundo Santa Josefina— y su abuela fueron fundamentales en la transmisión de los saberes culinarios del campo, enseñándole desde muy pequeña recetas, técnicas y una forma de cocinar ligada al trabajo rural.
Durante su juventud vivió en el sur de Chile, especialmente en Lota, donde conoció preparaciones vinculadas a los productos del mar, ampliando su recetario sin perder sus raíces campesinas. Tras su regreso definitivo a La Estrella, continuó preparando platos tradicionales hoy poco frecuentes, como la papa con chuchoca o el poroto con cochayuyo, manteniendo vivas recetas heredadas y otras aprendidas a lo largo de su vida.
Actualmente, doña Berta está casada con Pedro Antonio Ruiz, agricultor y productor de chicha y aguardiente, actividad que desarrollan en el entorno familiar gracias a la viñita y el alambique. Es madre de cuatro hijos y abuela de siete nietos, algunos de los cuales viven en Lota y otros en La Estrella, con quienes mantiene un vínculo cercano y permanente.
El relato de doña Berta es un testimonio vivo del patrimonio culinario inmaterial de Chile. En sus recuerdos y recetas se entrelazan la memoria, la identidad y la vida familiar. Su historia nos recuerda que la cocina tradicional no es solo alimento, sino también cuidado, trabajo y transmisión de saberes a fuego lento, de generación en generación.
– Doña Berta ¿sus padres eran de La Estrella?
Los dos eran de La Estrella, nacidos y criados acá. Mi papá se llamaba Luis Rigoberto Campos y mi mamá, María Neonilda Garrido.
– ¿A qué se dedicaban sus padres?
Mi papá era agricultor y además cocinero. Trabajó muchos años en el Fundo Santa Josefina, que era un fundo grande aquí. Él allá hacía de todo: preparaba la comida, hacía el aseo… era como el mayordomo del fundo, por así decir.
– Entonces su papá era prácticamente el cocinero principal del fundo.
Así es, cocinaba para los patrones y también para la gente que trabajaba allí. Hacía charqui cuando faenaban animales, preparaba el ulpo… de todo hacía mi papá; era muy versátil.
– ¿Y su mamá?
Mi mamá era dueña de casa, ella se quedaba con nosotros. Igual ayudaba en lo que podía: juntaba leña de espino para hacer carbón, sembraba y cosechaba el trigo, el garbanzo, todas esas cosas del campo.
Ella murió joven, cuando yo tenía apenas 8 años. Falleció tras dar a luz a mi hermana. Fue algo muy triste. Quedamos mi papá, mi hermana recién nacida, mis otros hermanos y yo. Mi papá nos crio solito desde entonces.
Trabajo, reforma agraria y el paso a la tierra propia
– Después del fallecimiento de su madre ¿su papá siguió trabajando en el Fundo Santa Josefina?
Sí, siguió ahí hartos años más mientras nos criaba. Con el tiempo, gracias a la Reforma Agraria, pudo obtener un terrenito propio aquí.
– ¿En qué sector de La Estrella vivían?
En esos años, nosotros vivíamos en el sector que llamaban la Quebrada del Azul. No era acá mismo en el pueblo, sino más metido hacia el campo.
– ¿Ese terreno de la Quebrada del Azul era parte del fundo Santa Josefina donde trabajaba su papá?
Sí, originalmente todo eso pertenecía al fundo de los patrones. Pero después llegó la Reforma Agraria, en tiempos de Eduardo Frei Montalva, y a los patrones les quitaron parte de sus terrenos para redistribuir.
– ¿Qué hicieron los patrones?
Vendieron ese terreno a los mismos trabajadores del fundo.
– En aquellos años de la reforma, algunos trabajadores pudieron comprar terrenos de los antiguos fundos. En el caso de ustedes ¿se formó una cooperativa?
Así mismo. Eran 11 socios en la cooperativa, mi papá entre ellos. Cada socio compró su parte. Gracias a eso mi papá pudo comprar el terreno en que estamos ahora. Entonces los socios construyeron sus casas; mi papá construyó una casita acá al lado, y nos vinimos a vivir aquí mismo cuando yo era todavía chica (sector Las Varillas).
Los recuerdos de la infancia y la cocina de antes
– ¿Qué es lo que más recuerda de su época de infancia en el campo?
Recuerdos tengo tantos… Por ejemplo, fui a la escuela acá mismo en La Estrella, pero nos quedaba lejos. Caminábamos mucho por los cerros para llegar; todos los días había que pegarse la caminada de ida y vuelta. Estudié solo hasta quinto básico, hasta los 10 años Mi padre me sacó del colegio para que yo me hiciera cargo de la casa.
– ¿Fue su papá quien le enseñó a cocinar?
Él me enseñó a cocinar, sí. Me acuerdo que dejaba los porotos puestos cociendo en el fuego, cocinábamos a fuego. Yo me levantaba y veía que los porotos hervían ahí. Y me iba a decir: “Esto y esto tiene que echarle, hija”. Me dejaba la cebolla pelada, la zanahoria, y yo tenía que picar un cuadrito de zapallo. Me lo dejaba todo medio preparado porque yo era chica. Y me enseñó que tenía que sacar con una cuchara un poroto y ver si estaba blandito. Y cuando ya estaban listos, le echaba todas las cosas. Así me enseñó.
– ¿Cómo aprendió su padre a cocinar? Antiguamente no era muy común que los hombres cocinaran.
Creo que mi padre aprendió allá donde trabajaba, en el fundo. Él hacía mucho el charquicán, el estofado de cochayuyo. También hacía cazuelas, le gustaba mucho cocinar la cazuela. De chancho, de pavo, de gallina. Y cuando mataban gallina hacían cazuela o guisado.
– ¿Qué otros platos le gustaban preparar a su padre?
Hacía mucho los fideos, papitas con arroz, papitas con mote. El mote lo comíamos mucho. Mi abuela materna pelaba mucho mote. Tenía una piedra y ahí se ponía a moler, moler, moler. Y hacíamos papitas con mote y color. ¡Muy rica! Recuerdo que mi mamá lo hacía así también.
– ¿Recuerda cómo era la cocina en su casa cuando usted era una niña?
Era en el piso; eran dos muritos de barro y unos fierros atravesados. Y ahí disponían la tetera, la olla. Usábamos mucho el brasero en el invierno, llevábamos brasa para la casa, para dentro, para las piezas. Se usaban unas parrillas que iban con tres patas.
– ¿En qué consistía el desayuno que se preparaba en su hogar?
El desayuno era un jarro de leche de vaca con un pedazo de pan, como la mitad de un pan amasado grande. Y le echaban manteca o margarina. Mi padre sacaba leche; tomábamos mucho la leche de vaca nosotros.
– En el almuerzo ¿Qué preparaban durante la semana?
Almorzábamos porotos, la pantruca, el macho ahogado, el estofado de cochayuyo y cazuelas. También mi papá también preparaba el sanco. Era muy rico.
– ¿De dónde obtenía el cochayuyo?
Antiguamente pasaban unos burros cargados…
– ¿Los costinos?
Sí, los costinos en unos burritos cargados de cochayuyo. De ahí salía mi papi y les compraba
– ¿Sal también?
Compraba un saco de sal para que durara mucho. También recuerdo que intercambiaban productos, por ejemplo, por trigo o garbanzos. Por todo eso mi papa cambiaba.
– ¿Celebraban cumpleaños, Navidad, Año nuevo?
No, nunca. Yo tengo recuerdo de que nunca, a ninguno de mis hermanos celebraron cumpleaños, a mí tampoco. Yo no sabía lo que era eso. Una vez sola, me acuerdo que mi papi llegó con una muñeca para navidad. Me la mandó de regalo la patrona del fundo donde trabajaba.
– ¿Cómo vivían ustedes la Semana Santa?
Tengo recuerdo que mi abuela siempre nos decía: “Mañana no pueden estar haciendo boche, no pueden gritar”. No podíamos cortar leña con hacha. “Hay que pelar papas hoy día, hija“, le decía a mi madre. Había que dejar las papas peladas. Eso me acuerdo, porque era Semana Santa. Todo en silencio. Y mi abuela decía: “Mañana no hay que comer carne”. Ahí hacían porotos o garbanzos.
– ¿Cómo se llamaba su abuela?
Se llamaba Carmen Rosa Garrido Yo iba harto a la casa de mi abuela cuando chica. Ella hacía mucho la torta de bizcochuelo. Me acuerdo mucho de eso porque yo iba mucho a la casa de mi abuela. Ella vivía con una hija y yo veía que preparaba tortas de cumpleaños.
– Cuénteme de esas tortas ¿cómo eran?
Eran tortas de bizcochuelo casero, el que llaman. Mi abuelita horneaba el bizcochuelo, lo rellenaba con mermelada de fruta, lo mojaba un poquito con almíbar para que quedara bien jugoso, y luego encima le ponía betún –el merengue– bien espumoso. Encima del merengue le ponía esas perlitas de azúcar plateadas para decorar. ¡Pero quedaban lindas las tortas! Y ricas… Me acuerdo que todos esperábamos esas tortitas.
– ¿Su abuela le hacía tortas a usted para sus cumpleaños?
Fíjese que a nosotros nunca nos hicieron una torta de cumpleaños así, jajaja. Las tortas que hacía mi abuela generalmente eran para otros, para algún compromiso. A nosotros no nos tocó ni una, ¡nunca! (ríe).
– Pero después usted aprendió a hacer sus propias tortas…
Sí, con el tiempo yo aprendí. Aprendí a hacer de todo: tortas, mermeladas… Todo mirando las recetas antiguas y practicando.
– Su abuela y su papá le dejaron esas enseñanzas entonces.
Así es. De mi papá aprendí lo del campo, y de mi abuelita varias recetas dulces. Esas cosas uno no las olvida.
– Doña Berta ¿tiene recuerdos de su madre cocinando?
Mamá cocinaba mucho. Me acuerdo que hacía las pantrucas, el rebosado, el macho ahogado. Yo tengo muchos recuerdos de mi mami. Siempre hacía esa comida. A mí me encanta.
– ¿Cómo preparaba su mamá las pantrucas?
Las pantrucas de antiguamente eran con las papitas picadas, todas las verduritas que había. Se freía todo en una olla, me acuerdo, con un poquito de aceite. Y después hacía las pantrucas: ponía harina, le echaba un huevo, un poquito de sal y aceite. La amasaba, la adelgazaba así y tiraba las tiras cortadas. Y después, al final, cuando ya estaban cocidas, mi mamá batía un huevo y le echaba el caldito con perejil picado. Esa es la pantruca antigua, que el sabor es otro.

Empanadas hechas por doña Berta Campos.
Del huerto a la mesa: el alimento de todos los días
– ¿Tenían huerto en su casa?
Sí, teníamos un terreno grande. Me acuerdo que había una noria, un pozo antiguo que nunca se secaba; daba harta agüita fresca, heladita, muy rica. Teníamos de todo ahí: sembrábamos trigo, garbanzos.
– ¿Ustedes mismos molían el trigo que cosechaban?
El trigo lo llevábamos a moler al molino, en sacos sobre un caballito. Y mi papá también tostaba el trigo para hacer harina tostada. Con esa harina preparábamos ulpo —que es la harina tostada revuelta en agua o leche—. Nosotros tomábamos mucho ulpo; prácticamente nos criamos con ulpo porque era muy nutritivo y llenador. En esos años a las guaguas se les daba harinas tostadas diluidas, no había tanta leche en polvo como ahora
También tomábamos café de trigo y café de higo.
– ¿También bebían café de trigo?
¡Claro! Mi papá preparaba mucho café de trigo. También café de higo hacíamos, tostando los higos secos. Tomábamos ese café de higo, café de trigo… Todo eso tomábamos nosotros porque en ese tiempo no había otra cosa, no había café de verdad para la gente del campo. Ahora ya no se ve eso, casi nadie lo hace.
– ¿Árboles frutales tenían en su casa?
Sí, teníamos árboles frutales: manzana, tuna. Y mi padre plantaba sandía, luego las sacaba y nosotros la comíamos. Todo lo que comíamos era de acuerdo a la estación.
– ¿Cómo se abastecía de la mercadería?
Mi padre iba a comprar todo a un almacén en La Estrella: el azúcar, el té, el aceite, los fideos, los tallarines. Era una compra mensual. Cuando le pagaban en el fundo, lo primero que hacía era pasar a comprar la mercadería. Y lo traía a caballo, venía cargado. A veces, se venían en carreta con los vecinos.
– ¿Cómo conservaban los alimentos si antes no todos contaban con un refrigerador?
Me acuerdo que antiguamente la gente conservaba en una caja, en una pieza fresca. Mi papi tenía una carnicera con malla donde ponía el charqui cuando mataba ovejas. El charqui de carne de oveja era muy exquisito. Lo poníamos en los morteros, esos de piedra, y lo machacábamos. Era rico, lo comíamos mucho para la hora de once. Y también preparaban el charquicán con charqui.
– Dado que usted tuvo que ayudar en las labores de casa siendo tan niña ¿qué otras tareas debían cumplir?
Desde bien chica yo ya hacía el pan para la casa. Una de mis tareas era amasar el pan casero todas las semanas.
– ¿Cómo hacían ese pan de campo?
Mire, para hacer el pan antiguamente primero había que cernir la harina. Yo remojaba la harina integral un poquito y la pasaba por el cedazo para separarle el afrecho (el salvado). Entonces mezclábamos harina blanca con harina negra –harina integral– para que rindiera. A esa mezcla le echaba la manteca derretida, la levadura… Mi papi siempre compraba harta manteca de cerdo cuando sacrificaban un chancho, y con esa manteca hacíamos el pan. Se amasaba todo bien amasado en una mesa grande. Yo hacía bollitos de masa y después los estiraba con un lulo (usábamos hasta botella como uslero) hasta que quedaba una masa fina, y ahí cortaba los panes. Luego al horno de barro. Así hacía el pan, desde niña aprendí.
Regreso a La Estrella y emprendimientos
– A los 14 años se fue de La Estrella ¿por qué?
Sí. Me mandaron a trabajar jovencita a Melipilla. Me llevó una profesora que me hizo clases en La Estrella. Yo le hacía aseo, le cuidaba a los niños. Era como la empleada de hogar. Estuve hasta los 18. Conocí a mi pololo, quedé embarazada y como él era de Lota, me fui para allá. Ni mi padre ni mi abuela me quisieron recibir. Tenía que casarme para volver.
En Lota consumen mucho mariscos y pescados. Así fue como empecé a conocerlos. Llegué allá y decía: “¿qué es esto?” y me respondían “no, cómelo. Es rico”. Así aprendí a comer de todo: el ceviche, todo el pescado.
– ¿Qué platos con pescado le gusta preparar?
Me gusta el pescado frito, el pescado al jugo o al horno, el salmón. Todavía preparo todo eso aquí en la casa.
– ¿Por qué volvió a La Estrella doña Berta?
En Lota me casé con mi pololo, tuvimos dos hijos y después nos separamos. Eso sí, a los pocos años de irme volví porque ya estaba casada. Me recibieron bien.
– ¿Y el regreso definitivo a La Estrella?
Fue en el año 2000. Llegué con mi segundo marido, que también es del sur. Trabajaba en las minas de Lota y acá empezó a trabajar la tierra, a cosechar legumbres y papas.
– ¿Cómo surge la idea de dedicarse a vender productos de la cocina tradicional chilena?
Empecé por necesidad, la verdad. Fue cuando mis dos hijas estaban estudiando. Una de ellas se fue a la universidad, a Talcahuano, a estudiar Enfermería. Entonces ella me pedía plata para sus gastos allá. Acá en la casa los ingresos no eran muchos —era como mantener otra casa más, pagar arriendo, universidad, todo—. Así que un día me dije: “Chuta, ¿qué hago para conseguir plata?”. Y pensé en trabajar haciendo empanadas para vender.
– ¿Empanadas?
Sí. Empecé haciendo empanadas. Partí haciendo como 20 empanadas y salía a vender puerta por puerta en el pueblo. Iba casa por casa ofreciendo mis empanaditas.
Gracias a Dios me fue bien. La gente que las probaba me volvía a comprar. De a poquito me fui haciendo de una clientela fiel. Yo anotaba quiénes me compraban siempre y los días que querían empanadas, para ir a dejarles. Al principio, como yo no tenía vehículo, contrataba un auto de carrera (un taxi colectivo) para que me llevara a repartir las empanadas a domicilio. ¡Imagínese! Pero resultó. La gente quedó contenta y fui vendiendo cada vez más.
– ¿Quién le enseñó a hacer empanadas?
Sola. Yo veía cómo hacían los pinos, porque mi abuela hacía empanadas. Ella picaba la cebolla, la cocía para botarle todo su jugo, después picaba la carne, freía la carne con todos los aliños: comino, orégano, ajito picado. Y ahí se me quedó eso.
– ¿Cómo la hace usted?
Yo hacía la masa con la manteca caliente, hirviendo. La salmuera caliente y le ponía vino blanco. Y hacía puros pancitos, a puro pulso. En un mesón grande empezaba a uslerear con botella hasta que se hacía toda la rueda así, y ahí empezaba a llenar, a poner las porciones.
– ¿Para el pino de sus empanadas ocupa carne molida o picada?
Pura carne picada. El pino lo preparo el mismo día. Pico la cebolla, la cuezo, y frío la carne con todo lo que hay, y revuelvo todo el pino. Le pongo huevo duro, aceituna y pasas también.
– ¿Usted hacía todo el trabajo a mano?
Al comienzo sí, todo a mano: picar la carne, preparar el pino, amasar, formar y cocinar las empanadas… todo solita en la cocina de mi casa. Con el tiempo incluso le enseñé a una de mis hijas para que me ayudara cuando tenía muchos pedidos.
– ¿Su negocio logró crecer a través de los años?
Sí, de a poco fui creciendo. Postulé a un proyecto de FOSIS y me gané un capital para comprar maquinaria. Con eso pude comprarme una máquina amasadora industrial, entre otras cosas, para facilitar el trabajo de amasar. Así monté mi pequeño taller atrás en mi casa, equipado con maquinaria industrial. Ahora todo es más rápido y hago mayor cantidad.
– Hoy en día ¿cuántas empanadas alcanza a producir cuando tiene pedidos?
¡Uff! cuando hay harto pedido puedo hacer cien, doscientas empanadas sin problema. Tengo mi clientela ya establecida. Por ejemplo, para Fiestas Patrias o para ferias costumbristas, me hacen encargos grandes. Ahí estoy todo el día en la masa, jajaja. Pero me gusta, pues de esto vivo.
– Además de las empanadas ¿hay otros productos que prepara usted para vender?
También preparo mermeladas caseras. Hago mermelada de durazno, de mora, de frutilla, de frambuesa, de damasco. Según la fruta de la temporada voy haciendo.
– ¿Y la fruta que usa es de su propia cosecha?
La mayoría, sí. Por ejemplo, duraznos y damascos tenemos en casa, acá hay árboles. Las frutillas las compro porque no cultivamos, pero lo demás tratamos de producirlo nosotros. Antes íbamos a recoger las moras al cerro, porque acá abundaban silvestres. Pero ahora cuesta encontrarlas, con los incendios forestales se han quemado muchos zarzales.
– No es la primera vez que hemos oído que hay menos mora silvestre…
Así es. Este año yo de hecho tuve que comprar mora para mermelada, porque casi no encontré en el campo. Pero mientras se pueda, una sale con un balde a buscar.
– Aparte de mermeladas ¿elabora otros productos?
Sí, hago conservas. Por ejemplo, preparo duraznos en conserva para el invierno. Los duraznos de mi huerta los pelo, los parto, los pongo en frascos con almíbar (agua con azúcar) y después sello los frascos hirviéndolos a baño María. Así quedan duraznos al almíbar para todo el año. También suelo conservar moras en almíbar cuando encuentro suficientes.
– Todo bien natural
Sí, tal cual. Así como hacía mi abuela, con esos métodos los conservo.
– En el verano hay abundancia de verduras y frutas ¿qué platos típicos cocina usted?
Mire, en verano me piden mucho el pastel de choclo. Yo lo preparo a la usanza antigua: con la cubierta bien dulce. Le pongo azúcar a la crema de choclo para que quede dulcecita, no salada, y así al hornearla carameliza. A la gente le encanta ese contraste del pino salado con el choclo dulce encima. También preparo humitas en cantidad cuando es la temporada; las vendo harto acá. Y porotos granados con mazamorra también hago bastante en verano. Aquí en el campo a la gente le fascinan los porotos granados bien hechos, con su pilco de choclo y albahaca.
– Veo que usted mantiene vivas muchas recetas tradicionales.
Esa es la idea, pues. Por eso las hago, y gracias a Dios me va bien vendiéndolas, porque a la gente le gusta recordar esos sabores.

Doña Berta y algunas de las mermeladas y conservas que produce.
Tradiciones culinarias y reflexiones
– Doña Berta ¿Qué opina de la cocina chilena actual, comparada con la de su juventud? Por ejemplo, la cocina chilena típica de campo de acá.
Yo pienso que la cocina chilena de antes era mejor. Era más sana. Todo era natural, de la propia cosecha, sin químicos ni nada.
– ¿Siente que se han perdido recetas tradicionales?
Sí, fíjese que han desaparecido muchos platos antiguos. Por ejemplo, el charquicán de cochayuyo ya no se ve en ninguna parte. Yo siempre cuento que cuando salgo y voy a almorzar a algún restaurante, pregunto: “¿Tendrán charquicán de cochayuyo?” y me miran con cara rara. “¿Qué es eso?”, me dicen. ¡Nadie lo conoce ya!
Otro plato que desapareció es el locro de garbanzo. Ese lo comíamos mucho nosotros cuando chicos; prácticamente nos criamos con locro de garbanzos y zapallo. Y ya no se ve. Tampoco se ve la papa con chuchoca ni los porotos con cochayuyo. Todos esos platos han ido desapareciendo. Los jóvenes casi no los conocen.
– ¿Sus hijos y nietos disfrutan la comida casera tradicional que usted prepara?
(ríe) Mis hijos, la verdad, son más de comida rápida ahora. Cuando les cocino algo bien casero, no hay caso: no lo comen. ¡Ni siquiera los huevos de campo quieren probar! Yo no lo puedo entender, si el huevo de campo es tan rico, tan sabroso…
– ¿Y sus nietos?
A mis nietos sí que yo les doy de mi comida. Por ejemplo, tengo una nietecita que vive conmigo acá y a ella le doy huevo de campo revuelto, le encanta. Tengo otra nieta de nueve años que disfruta mucho cuando le preparo pantrucas; siempre me pide que le haga pantrucas cuando viene. En cambio, los más grandes ya están con mañas de comida rápida, pero las guagüitas de la casa comen de todo lo que les doy.
– ¿Cree usted que sería bueno que se rescataran y se promocionaran más esos platos en la cocina chilena actual?
Obvio que sí. Sería buenísimo que volvieran a aparecer esos platos antiguos, porque además son platos muy sanos, nutritivos. Yo creo que rescatar las recetas tradicionales sería muy bueno para todos, para no perder nuestra identidad culinaria.
– Si a ud. la invitaran a cocinar para un grupo de turistas, chilenos y extranjeros ¿qué menú tradicional les prepararía?
Si vinieran unos turistas con ganas de probar lo de acá, de entrada, les haría una empanadita de verduras al horno, con verduritas de mi propia huerta.
De plato de fondo les serviría una cazuela de pavo con chuchoca. El pavo criado acá mismo, bien sano, y la chuchoca que es que le da un gustito especial a la cazuela.
De postre les prepararía un tutti-frutti con las frutas de la estación –durazno, frutilla, lo que haya fresquito–, quizá con una bolita de helado casero encima.
Para beber podría ofrecerles una agüita de menta de la huerta, bien heladita, o un vino tinto de aquí de la zona, un buen vino campesino local.
– Doña Berta ¿Qué le diría a los jóvenes para que la cocina de antaño, la casera, no se pierda?
Yo les diría a los jóvenes que no dejen morir esas tradiciones, que sigan cocinando los platos de antes. Que se animen a preparar esa comida casera de nuestros abuelos, comida sana, natural, hecha en casa. Así esos platos nunca se van a perder. Siempre le digo a mis hijos: “Denles a los niños comida de la que comíamos nosotros antes”, para que conozcan esos sabores. Ese sería mi mensaje: que nunca se pierdan esas comidas de nuestra tierra, que las nuevas generaciones las mantengan vivas y las disfruten como lo hacíamos nosotros.
Texto y fotos de Karina Jara Alastuey






