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Doña Teresa y su jardín

Nacida el 14 de septiembre de 1951, en el sector rural de Ranquilco, comuna de Litueche, Teresa Leonor Navarro Navarro creció en un caserío rodeado de familia, chacras y oficios compartidos. Hija de Audoriza Navarro y nieta de Pedro Nolasco Navarro, su infancia transcurrió entre casas de adobe, cocinas a fuego de leña y una vida comunitaria donde el trabajo, el juego y el cuidado se entrelazaban de manera natural. Fue una niñez feliz, marcada por la cercanía con su madre, su hermana mayor y sus primas, con quienes inventaba juegos, levantaba pequeñas “casitas” y aprendía, sin saberlo, a observar y guardar memoria.

La costura apareció temprano en su vida, casi como una herencia silenciosa. Su madre cosía y tejía en telar; su hermana también tenía manos inquietas. Teresa aprendió mirando, ayudando, y luego profundizó ese saber con un curso de corte y confección por correspondencia, que realizaba desde el campo, enviando moldes por correo y recibiendo, desde Buenos Aires, los materiales y evaluaciones. Ese oficio la acompañó siempre y se transformó en su forma de ganarse la vida: cosió para vecinos, para gente de Litueche y sectores cercanos, confeccionando ropa a medida, trajes completos y prendas que hablaban de confianza y dedicación.

Su historia familiar está atravesada por el cuidado. Vivió junto a su hermana y colaboró activamente en la crianza de sus sobrinos, a quienes considera sus primeros hijos. Más tarde, ya adulta, se casó y formó su propia familia: es esposa, madre de dos hijos y abuela de una niña, a quien mira hoy con la misma ternura con que recuerda su propia infancia. Nunca dejó de estar junto a su madre, a quien cuidó hasta el final, manteniendo esa idea profunda de que la vida se sostiene en compañía.

Hoy, doña Teresa es presidenta de la Junta de Vecinos Santa Mónica y parte de la directiva de la UCAN, roles que asume con el mismo compromiso cotidiano que ha marcado toda su trayectoria. En su relato, la cocina, la costura y la memoria familiar no aparecen como algo excepcional, sino como prácticas vivas, aprendidas en lo cotidiano, transmitidas de generación en generación. Desde el recuerdo de su abuelo arriero que viajaba a Valparaíso con charqui y mercadería, hasta el charquicán que aún prepara y que la conecta con las trillas de antaño, su testimonio da cuenta de un saber que no se estudia en libros: se aprende viviendo.

– Doña Teresa ¿dónde nació usted?
Nací en Ranquilco, que corresponde a la comuna de Litueche. Está a unos 10 o 12 kilómetros más o menos de acá. Era totalmente campo; no era un fundo, era un caserío.

– ¿Con quién vivía en ese caserío?
Vivía con mi mamá, mi hermana, tías y primos; éramos casas cerquita. Eran terrenos de mi abuelo y los hijos tenían casas cerca unos de otros. Mi abuelo se llamaba Pedro Nolasco Navarro; mi mamá, Audoriza Navarro.

– ¿Tuvo hermanos?
Tuve una hermana, mayor que yo, nueve años mayor. Somos hijas de mamá soltera; mi papá estuvo presente en cierta medida, yo lo vi hasta que tuve 10 u 11 años, cuando falleció.

– ¿Usted asistió a la escuela?
En Ranquilco, sí, pero era una escuela…ni siquiera era pública, era de esas que financiaba el obispado. Yo me acuerdo que todos los meses iba el sacerdote de acá a hacer una charla, pero se decía que eran del obispado.

Las escuelas que había en los sectores de aquí eran de los fundos. Los patrones contrataban a una persona, que además no eran profesoras tituladas. Tenían algo de preparación. Mi profesora estudió después, se tituló e hizo clases aquí en Litueche. Después se construyó una escuela pública en Ranquilco, pero la cerraron porque no había muchos alumnos.  Ahí hacían hasta sexto.

– ¿Cursó el sexto de preparatoria?
Terminé el quinto nomás. Después no quise ir más. Porque yo era grandota, así que no fui más.

– Doña Teresa: al tener tan cerca a tíos y primos ¿qué recuerdos guarda de esa infancia compartida?
Inventábamos juegos: una vez hicimos una especie de gruta en una roca alta y metimos un santo (San Antonio) dentro de una botella para protegerlo de la lluvia. Plantamos flores en el cerro; íbamos a regarlas y a rezar. Éramos cuatro niñas que cuidábamos ese lugar. También íbamos a sacar miel y a buscar frutas silvestres como boldo, zarzamoras.

– ¿Cómo describiría su infancia?
Tuve una infancia feliz. Estaba con mi mamá y mis tíos; me querían mucho. Con mis primas jugábamos: construíamos casitas, cocinábamos juegos, teníamos muñecas y les hacíamos ropa. Inventábamos columpios y todo eso. No había luz eléctrica ni agua potable en ese tiempo; el agua venía de un pozo.

Comidas de casa: Oficios familiares, huerto, crianzas y conservas

– Doña Teresa ¿cómo eran las casas y la cocina?
Las casas eran de adobe con techo de teja. La cocina generalmente estaba separada de la casa porque se prendía fuego; era una pieza aparte con una chimenea alta hecha de adobe, donde se hacía fuego a leña.

– En su casa ¿quién estaba a cargo de la cocina?
Cocinaba mi mamá; mi hermana mayor también ayudaba y yo, desde chica, quise hacer cosas. Mi mamá cosía y tejía en telar. Hacía ropa y eso fue lo que yo aprendí: la costura fue mi oficio.

– ¿Recuerda qué se cocinaba en su casa cuando usted era niña?
Se cocinaban legumbres y carne. Teníamos chacras: sembrábamos maíz, porotos, papas, cebolla; no se compraba mucho porque había tierra para cultivar. Criábamos corderos; también había vacas para venta y caballos. Teníamos gallinas.

– ¿Cómo conservaban los alimentos?
La carne se secaba con sal: la “chaveteaban”, la cubrían de sal y la colgaban al sol. Esa carne se comía principalmente en invierno. Las ciruelas y las peras se secaban al sol en tajadas; las nueces se guardaban. La uva se usaba para hacer chicha.

– ¿Qué frutas y conservas recuerda?
Había tunas, perales, manzanos; mucha fruta que se secaba para el invierno. En la casa de mi abuelo había nogales y hasta una palma chilena con coquitos. Se hacía chicha casera y también se obtenía miel.

– Mencionó que su madre cosía y tejía en telar; y que la costura se convirtió en un oficio para usted ¿Cómo aprendió a coser?
Aprendí viendo a mi mamá y con una familiar que sabía coser. Más tarde me inscribí en un curso por correspondencia: mandé un cupón de una revista, me respondieron y me mandaron los libros desde una academia. Era por capítulos: yo tomaba medidas, hacía los moldes y los mandaba a revisar por correo. El diploma me llegó desde Buenos Aires. Hice corte y confección y trabajé toda la vida haciendo ropa a medida: trajes de vestir, chaquetas largas, ropa de huaso, conjuntos folclóricos.

– ¿De dónde conseguía las telas?
A veces la gente traía la tela; otras veces yo compraba. Cuando ya la vida cambió, iba a Santiago dos veces al año a comprar materiales.

 

Doña Teresa y su taller de costura

El abuelo arriero: viajes, charqui y memoria productiva

Doña Teresa recuerda que su abuelo, Pedro Nolasco Navarro, fue arriero; un hombre de caminos largos y mula firme. Viajaba engordando animales y vendiendo charqui en Valparaíso, un ir y venir que daba sustento y movimiento a la casa. Su nieta recuerda hoy ese oficio con cariño y asombro, las ramadas, los viajes y el trabajo duro que, sin hacer ruido, sostenía a la familia.

– ¿Qué recuerda del trabajo de su abuelo?
Mi abuelo fue arriero. Iba de Ranquilco a Valparaíso con mulas: criaba animales, los engordaba, los mataba y procesaba charqui de vacuno que llevaba a vender. Llevaba huevos, pollos y mercadería. Los viajes demoraban alrededor de siete días ida y vuelta; iban con dos caballeros más. Traía y vendía mercadería en el lugar y tenía su negocio.

Comidas de casa: huerto, crianzas y conservas

– ¿Qué se cocinaba en su casa cuando usted era niña?
Se cocinaban legumbres y carne. Teníamos chacras: sembrábamos maíz, porotos, papas, cebolla; no se compraba mucho porque había tierra para cultivar. Criábamos corderos; también había vacas para venta y caballos. Teníamos gallinas.

– ¿Cómo conservaban los alimentos?
La carne se secaba con sal: la “chaveteaban”, la cubrían de sal y la colgaban al sol. Esa carne se comía principalmente en invierno. Las ciruelas y las peras se secaban al sol en tajadas; las nueces se guardaban. La uva se usaba para hacer chicha.

– ¿Qué frutas y conservas recuerda?
Había tunas, perales, manzanos; mucha fruta que se secaba para el invierno. En la casa de mi abuelo había nogales y hasta una palma chilena con coquitos. Se hacía chicha casera y también se obtenía miel.

Recetas tradicionales y el charquicán

– ¿Cuál es la comida que más le gusta y por qué?
El charquicán. Le tengo cariño porque se hacía con carne y todo tipo de verduras de la casa: porotos verdes, arvejitas, zanahoria, papas, zapallo. Además, me trae recuerdo de las trillas: era la comida de las trillas. Era un plato de fiesta después del trabajo.

En las trillas la carne se llevaba desde el fundo y ya trozada; se preparaban fondos grandes y se cocinaba bajo los árboles donde trillaban. Eran cazuela y charquicán, y la comida reunía a la gente después de la faena.

– ¿Cómo prepara su charquicán?
Yo pongo a cocer la carne: puede ser de vacuno, cordero o incluso pollo (uso la pechuga). Se cuece la carne en agua con sal por buen rato. Mientras tanto, se preparan las verduras: papas, zanahorias en cubitos, porotos verdes cortados chiquitos, arvejitas, cebolla y ajo.

Cuando la carne está cocida, se saca; se agregan las verduras al caldo y se pica la carne en la tabla, muy chiquitita, para añadirla de nuevo. Todo se cocina en el mismo caldo donde se coció la carne; no se hace sofrito aparte (hay gente que lo hace, yo no). Se agrega zapallo, que es indispensable. No queda puré: las papas y el zapallo se muelen un poco pero el plato queda con trocitos —”sequito”— y con bastante carne, muy sabroso.

– ¿Qué cortes utiliza si es carne de vacuno?
Puede ser posta; no es necesario que sea lomo. La posta sirve bien.

– ¿Y el sofrito no lo hace aparte?
No. Sé que hay gente que lo hace así, pero yo no soy de los sofritos.

– ¿Usted sigue cocinando charquicán hoy?
Sí, lo sigo haciendo, aunque ahora intento preparar versiones más saludables. Evito el cordero frecuentemente por su grasa.

–  Mencionó que también preparaban cazuela en las trillas ¿qué carne ocupaban?
Se usaba la carne de oveja. Es igual que la de cordero: lleva papa y, si hay, zapallo; a veces arroz, fideos o chuchoca. La cazuela de oveja suele ser más sabrosa por la grasa y requiere mayor cocción.

– Y hay alguna diferencia entre cazuela de oveja y cazuela de cordero en cuanto al sabor?
Tal vez la de oveja es más sabrosa, porque tiene más grasa y hay que dejar que se cueza más.

– Al día de hoy ¿sigue consumiendo carne de cordero?
Yo me he cuidado desde hace años con la comida; prácticamente no como cordero y, si he comido, ha sido muy poquito, cuando prepara en la parrilla, que es cuando se estila la grasa.

– Doña Teresa ¿hay algún plato o preparación que usted recuerde y que casi no se cocina hoy?
La harina de garbanzo: se tostaban los garbanzos y se llevaban a moler al molino; con esa harina se hacían guisos con papitas. La harina tostada de trigo servía para hacer sanco y ulpo. El ulpo se bebía con miel de abeja y agua, una bebida para los trabajadores del campo. También se usaba harina tostada sobre sandías o melones.

– ¿Cómo hacían el sanco?
Se preparaba un caldo con manteca de chancho —la manteca se guardaba en tarros— y aliños; después se agregaba harina hasta formar una mezcla espesa. Era un desayuno potente para quienes salían a trabajar al campo.

 

Frutales y flores en casa de doña Teresa

Vida adulta: matrimonio, trabajo e hijos

Desde muy joven, doña Teresa tuvo claro que su vida no tenía por qué seguir el camino esperado para las mujeres de su época. Mientras muchas se casaban temprano, ella observaba, pensaba y decidía distinto. Ayudó a criar a sus sobrinos, trabajó desde temprano, aprendió a coser y fue construyendo una idea firme de independencia: no quería un matrimonio que implicara sometimiento ni pérdida de libertad. Casarse, simplemente, no estaba en sus planes.

Su proyecto era otro y lo tenía bien claro: casa propia, trabajo, previsión y una vejez tranquila. A los 25 años ya imponía en el INP y se involucró en una cooperativa para asegurar un lugar propio, aun cuando seguía viviendo con su hermana. Recién a los 38 años decidió casarse, cuando ya tenía su vida armada y sus decisiones tomadas. En un tiempo en que eso no era lo común, Teresa eligió pensar a largo plazo y vivir a su manera, con una autonomía que hoy se reconoce como la marca de una mujer adelantada e independiente.

– ¿Cuándo se casó y cómo fue su vida después?
Me casé a los 38 años. Tenía casa propia porque entré en una cooperativa en la que terminé comprando acciones; además había ahorros e imposiciones. Con el terremoto de 1985 surgieron subsidios y la vivienda se consolidó: la compré con crédito y la arrendé, de modo que el arriendo ayudó a pagarla.

– ¿Qué hacía su marido y cómo combinaron trabajo y hogar?
Mi marido trabajó 32 años en la Minera Pacífico (en la extracción de caolín*) y después en construcción. Yo seguí con la costura de manera independiente y traje a mi mamá a vivir con nosotros. No trabajé en empresas; trabajé por cuenta propia, cosiendo a medida.

– ¿Tuvieron hijos? ¿Cómo los criaron con respecto a la comida?
Tuvimos dos hijos, ambos varones. Mis hijos fueron mañosos para comer —mucho por el gusto de su padre—, y terminé adaptando parte de la cocina para ellos: comidas sin sopa, arroz con bistec, papas fritas, pescado. Aun así, me preocupé de su alimentación. Los dos estudiaron y les fue muy bien: uno estudió ingeniería civil industrial en la USACH y el otro, kinesiología en la Chile.

– ¿Tiene nietos?
Tengo una nieta que va a cumplir cuatro años y come de todo; le gusta la cazuela y las ensaladas.

¿A qué se dedica actualmente?
Soy presidenta del Club de Adultos Mayores Santa Mónica (en mi segundo periodo, aproximadamente desde 2015) y miembro de la directiva de la UCAN. Participo en talleres y actividades de la comunidad. También cuido mis plantas en casa.

¿Sigue cosiendo?
Desde la pandemia dejé de coser con la misma continuidad; terminé encargos pendientes y reduje la actividad. Aún hago arreglos y preparo ropa de huaso para bailes de cueca; en su momento confeccioné muchos conjuntos folclóricos. Nunca fui profesora formal de costura; trabajo sola y tengo mi manera de hacer las cosas.

Cambios de hábitos y salud alimentaria

¿Cree importante rescatar estas comidas y prácticas?
Sí. Creo que la comida de antes era más sana: menos frituras y productos industrializados; las verduras se producían en la casa sin fertilizantes químicos (solo guano de oveja). Lo único que podía ser menos sano eran las grasas, pero eran naturales. En general, la cocina antigua era sabrosa y más saludable.

¿Cómo cuida su salud actualmente?
Hace años que me cuido; tomo solamente una atorvastatina de 10 mg por el colesterol. Evito comer mucho cordero por la grasa.

– ¿Qué mensaje le daría a las nuevas generaciones?
Que hagan actividad: hoy los niños están mucho en la casa con el teléfono y la televisión. Nosotros jugábamos en el campo y eso daba vida y aprendizaje.

 

*Nota aclaratoria: El caolín “es un mineral natural rico en caolinita, utilizado ampliamente en la industria (cerámica, papel, pinturas) y cosmética por sus propiedades absorbentes, purificantes y cicatrizantes. En agricultura, actúa como barrera protectora contra plagas, estrés térmico y rayos”

Texto: Karina Jara Alastuey / Fotos: Clara Bustos Urbina