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Reconocida cantora a lo Divino de Litueche, Marina Rosa Donoso Lisboa (71 años) creció en un ambiente musical: recuerda con cariño las cuecas entonadas por su mamá, Margarita Teresa, y los tarareos de su papá, Ramón Segundo, quien tañía con gracia la guitarra que tocaba su esposa y cantaba a todo pulmón a la Virgen por los campos durante el Mes de María.

Nació en el sector Picaflor del Fundo Santa Mónica de la comuna de Litueche, donde su papá era “trabajador de a caballo”, encargado de cuidar un ganado ovino. El fundo como tal ya no existe, pero prevalece tanto en la memoria como en la presencia de las descendientes de los antiguos “patrones”, los Molfino Mendoza, familia muy estimada por doña Marina y con la cual continúa ligada a través del trabajo de limpieza de una casa de las nietas y el cuidado cariñoso de los bisnietos.

Rememora su infancia con alegría, tanto lo vivido con su numerosa familia –ella era la octava de 16 hermanos-, como las experiencias comunitarias, por ejemplo, la solidaridad simbolizada en una canastita con la que iban de casa en casa compartiéndose las comidas ricas y abundantes, como las sopaipillas y los productos que elaboraban cuando mataban cerdos.

En cuanto a comidas, no obstante, el plato fuerte eran los corderos, tan propios del secado costero, y todavía habituales en la mesa de doña Marina y su familia.

– ¿Dónde nació?
En Picaflor. Eso queda en el fundo Santa Mónica. Por potrero se ponía un nombre y nosotros éramos de la zona de Picaflor.

– ¿Cerca del pueblo de Litueche?
Todo igual dentro de la comuna de Litueche. Cuando se terminó el fundo, todos se vinieron a vivir a Litueche, el pueblo fue casi más formado por la gente del fundo. Ahora hay mucha gente más, pero los mismos hijos de nuestros papás ya se multiplicaron todos, por eso ha agrandado mucho.

– ¿Ya no queda nada de ese fundo?
Las casas patronales están dañadas… Yo voy incluso donde una hija de los dueños del fundo que fallecieron y el recuerdo, el cariño está. Ella tiene sus nietos y me llama que vaya a ayudarle y voy yo.

– ¿Cómo se llamaban los dueños?
Antonio Molfino y la señora Anita Mendoza.

– ¿Cómo era la vida de ustedes durante su infancia en ese fundo? ¿Qué trabajo desempeñaba su papá?
Mi papá era empleado de a caballo. Él tenía, por ejemplo, mil cabezas de ganado a su cuidado en ese potrero. Otro empleado tenía otras tantas. Eso es lo que le llamaban el empleado de a caballo.

– ¿De huaso?
Sí, de huaso, claro; él cuidaba ganado y ese ganado después salía todo parido, las ovejas se vendían, y seguía cuidando otras ovejas y después las juntaban con el carnero, después de unos meses ya salían paridas de nuevo, y así todo de nuevo.

– ¿Ganado solo de oveja?
Sí, era de oveja.

– ¿Su mamá era dueña de casa?
La casa, que le daba harto trabajo, la casa y los hijos, pero una vida bonita.

– ¿Fue al colegio?, ¿tenía colegio el fundo?
Pagaban los patrones una profesora y veníamos al colegio. La señora del patrón nos hacía el catecismo, en esos años era catecismo, y muchos de mis hermanos hicieron la primera comunión con los hijos de ellos, porque ellos tenían siete hijos. Ella nos hacía el catecismo. Para mí fueron buenos patrones, porque yo recuerdo todo bonito.

– ¿La escuela quedaba dentro del fundo?
Sí. Era una sola casa, una escuela que tenía dos salas: primero y segundo, tercero y cuarto.

– ¿Cursó solo hasta cuarto?
Después vinimos a Litueche. Veníamos el día lunes, a pie de allá, y el día viernes nos íbamos de vuelta a Picaflor. Llegué hasta segundo medio.

– ¿Dónde se quedaban?
Yo venía con dos hermanos más, el Manuel y el Víctor. Manuel se quedaba donde el tío Fernando; Víctor donde la tía Olga y yo donde el tío René, los hermanos de la profesora, que era prima de mi papá.

– ¿Cuánto era la distancia que caminaban?
Son como 9 kilómetros más o menos.

– ¿Y cómo era la vida del campo? ¿A usted le gustaba? ¿Tiene lindos recuerdos?
Yo tengo lindos recuerdos porque sembrábamos, cosechábamos. Teníamos que levantarnos tempranito a hacer eso. No éramos flojos. Cuando criábamos chanchos, matábamos chanchos en el invierno. Sacábamos la correhuela para criar los chanchos. Todo tempranito. Hacíamos huertos, jardines, cosechábamos la comida… de todo.

– ¿Para ustedes o para vender?
Para nosotros. Todo lo que hacíamos era para nosotros. Sembrábamos, plantábamos cebolla para nosotros, para guardar para el invierno.

– ¿Cómo guardaban?
Teníamos una cocina grande, que era abierta arriba, con varas, y ahí se guardaban las cebollas en la cocina y no se brotaban. Casas de campo, grandes, todas las cebollas dentro de la cocina y no se brotaban. Había un horno grande donde cabían 30 panes, así de este volado, y lo hacíamos día por medio, porque si éramos tantos…

– ¿Horno de barro?
De barro, redondo, de esos con ladrillo abajo, entonces quedaba un pan rico y ¡éramos buenos para comer pan!
Sacábamos leche, porque criábamos vacas para sacar leche. En el tiempo de la leche, sacábamos mucha y hacíamos queso. Así que el alimento para nosotros era… bueno, como me ve usted a mí, sana.

– ¿Todo ahí mismo, producían sus alimentos?
Sembrábamos papas, las cosechábamos nosotros mismos, las guardábamos para el invierno.

– ¿Tampoco se brotaban?
Tampoco, porque en la cocina, como era grande, en una esquina se vaciaban las papas y se apartaban. La chiquitita aquí en esta esquina, la otra allí y la otra acá, las más grandes. Nos comíamos todas esas chiquititas primero, después las otras y después las más grandes.

– ¿Todos colaboraban?
Todos trabajábamos. El papá el fin de semana decía: “Nos toca hoy día cosecha, nos toca hoy día tal cosa”.

– ¿Qué otros recuerdos tiene de su infancia?
Cuando llegábamos del colegio, y el papá llegaba de a caballo, con espuela, con manta de castilla y jugaba a la pelota con nosotros. Yo recuerdo eso muy lindo. Cuando ya llegaba el papá, nosotros hacíamos una pelota de trapo, porque ni muchos calcetines había en ese tiempo, entonces le poníamos motas, así le decíamos a las lanas de ovejas, se llenaba de lana adentro y la cosíamos. Entonces cuando llegaba, la teníamos ahí y él se bajaba del caballo, un hermano –el que se nos ahogó en la playa de Tocacalma- decía “Yo, papito, llevo el caballo”, y tomaba el caballo y se iba para la pesebrera, allá le sacaba la rienda, le soltaba la cincha y lo dejaba comiendo- y ahí venía a jugar.

– Muy cariñoso su papá…
Era cariñoso, sí. Era juguetón. Con mi mamá, tomaba la guitarra mi mamá y él tañía en las cuatro esquinas y nos hacían bailar en las noches.

– ¿Qué música?
Cueca.

– ¿Recuerda alguna en especial?
Ay, ¿cómo era? Mi mamá cantaba una cueca. Siempre digo, la voy a copiar y nunca la escribo. Y tenía una voz muy linda mi mamá. “Mi vida, mi vida para amar, pisar un ramo. Mi vida cinco flo, cinco flores son de ser. Mi vida cinco flor, cinco flores son de ser. Mi vida, rosa, mini clavel, mi vida y azucena y margarita”. Es que esa era la canción de mi papá, porque Margarita se llamaba mi mamá. Entonces él le decía “Ya, mijita, cantemos mi cueca favorita”. Ella tocaba y mi papá la tañía y nosotros bailábamos. Tenía esa voz tan suavecita así mi mamá…

– ¿Usted de ella aprendió el canto?
Todos somos así, buenos pa’l canto… no cantamos bien, pero a todos nos gusta la alegría. Mi papá en la mañana a mi mamá le decía: “Ya, chao mijita, y cuando llegue en la tarde la quiero bonita, peinadita, no la quiero ver así como vieja chuñuca”, y a nosotros: “Pórtense bien con la mamá”. Entonces mi mamá en la tarde “Ya, a lavarse, que va a llegar el papá…” Y todos ya lavaditos, esperándolo, esperando que llegara el papá”.

– ¿En cuanto a la cocina, qué otros recuerdos tiene?
Sacábamos mucha leche, hacíamos leche con mote, pelábamos mote, hacíamos leche con harina tostada. Poníamos harina y leche, se cocía bien y se ponía una budinera, no muy dura, después se tajeaba y se le ponía miel negra encima, y quedaba tan rica…

– ¿Cómo le llamaban?
Flan nomás.

– ¿Qué más preparaban con la leche?
Leche con mote también, que era una comida muy rica. A esa se le ponía sal, no con azúcar, la hacíamos hervir y nos mantenía súper alimentados. La leche especita queda muy rica con el mote.

– ¿Cuáles eran otros platos comunes en su casa?
La cazuela, porque se criaban aves, y estofado. También mataban muchos chanchos, sus 2 o 3 chanchos en el invierno, entonces teníamos siempre carne. Se hacían mucho también en la casa las pantrucas y nos gustaban harto.

– La pantrucas se preparaban con algún caldo en particular?
Con los huesos de las carnes de del vacuno, cuando teníamos, porque cuando mi papito mataba todo eso lo guardaba.

– ¿Y cómo lo guardaban?
¡Increíble!, porque no había refrigerador. Se sancochaban, se secaban y se guardaban. O en latas de grasa se dejaba la carne de chancho.

– ¿Pero cruda o sancochada?
No recuerdo bien, parece que sancochada, y cuando ya estaba sequita, se pasaba por el aceite caliente y ahí después se metía a la lata de grasa. Duraba sus 10, 15 días. Después se derretía y se sacaba. Eso me acuerdo yo.

– ¿Preparaban charqui?
También se hacía charqui… Y se hacían las prietas, el arrollado, todas esas cosas… Por eso digo que era una vida bonita. La alegría más que uno recuerda, era que cuando matábamos, se trabajaba harto, pero después mandábamos el canastito con cositas para las vecinas -¡como dos o tres kilómetros más allá!-, y después llegaban ellas, las vecinas, con sus canastitos con sopaipillas, con arrollado, con queso, porque como uno les mandaba, ellas después le mandaban a uno. Y nos mandaban harto porque éramos muchos.

– La comida era abundante
¡Claro! Las sopaipillas, por ejemplo, no se hacían 20 sopaipillas, ¡se hacía una artesa llena de sopaipillas!, porque éramos hartos nosotros y nunca nos medimos para comer. Entonces yo no recuerdo mi infancia triste, pobre, de alimentación, no, porque me recuerdo a mis hermanas cuando en el invierno sacaban el pan del horno y llevaban las brasas, teníamos un bracero grande -ahí no había estufa-, el papá nos daba un palito y partía queso. El tenedor es corto y se nos calentaba y entonces a los más chicos nos daban un palito, entonces le ensartábamos el queso y ahí todos a derretir el queso en las brasas, y empezaba a caer y nos quitábamos uno a los otros.

– ¿Queso de qué?
Sacábamos leche de vaca nosotros y de ahí se hacía queso.

– ¿Hacían queso de oveja?
No, nosotros no.

– ¿Aprendió a hacer queso?
Yo eso lo aprendí todo, pero ahora ya no se hace.

Corderos para fiestas y cotidiano

– En los días de fiesta, como santos, Fiestas Patrias o para Navidad, ¿comían algo en especial?
Para Navidad yo no me acuerdo de alguna comida… Veníamos mucho a misa y nos pasaban películas del nacimiento de Jesús. Las misiones se llamaban. En las casas, ahí donde los patrones, había una capilla, y nos ponían adelante y nos pasaban videos. Corríamos todos para allá. Yo recuerdo eso muy bonito.

– ¿Y para el 18?
Para el 18 comíamos asado, porque en el fundo nos regalaban el cordero. Todo la vida comíamos eso.

– ¿Todavía lo prepara?
Todavía lo preparamos, porque el vacuno es muy poco, el cerdo menos; antes los comíamos porque los criábamos nosotros. Ahora los vacunos vienen con muchas hormonas; los pollos, hormonas; los chanchos, igual. En cambio nosotros los corderos sabemos que es lo más sano, y los seguimos comiendo nosotros.

– ¿Cómo lo prepara ahora?
Asado a la parrilla igual, en el horno eléctrico, y también estofado.

– ¿Algún corte en especial para el estofado?
Cuando hago arvejado, ocupo la parte del espinazo. Sagradamente, para mí, el arvejado es del espinazo. Corto todas las presitas donde va su coyuntura. Ahí lo pongo a la olla, que se dore un poquito, y le pongo de todo aliño. Después va la cebolla picada chiquitita, y ahí le pongo zanahoria picada también en cuadrito. Ya cuando está a punto le agrego las arvejas; ese es el arvejado. Y si está muy líquido, si tiene mucho jugo, le pongo una cucharadita de harina o de maicena.

– ¿Cuánto tiempo al fuego?
Casi siempre lo hago en la olla de presión, por lo rápido. En 20 minutos la carne en la olla de presión está lista, recordemos que siempre son nuevitos, y después lo vacío a la otra olla, que es donde tengo la cebolla y todos los aliños, las zanahorias, y ahí lo pongo a hervir lento, unos 20 minutos, media hora, y le pongo las arvejitas. Después se le pone papas fritas en cuadritos.

– ¿Y el estofado?
Ahí se pone de todo también: la cebolla, la zanahoria, pimentón, de donde todo aliño, la cebolla picada como en gajo de naranja, gruesita, se hacer hervir un poquito, y se le pone la papa también picada así.

– ¿Pero siempre previamente cocido en el unos 20 minutos en la olla a presión?
Claro, si lo hace hervir mucho después se le va a desarmar. Veinte y veinte más o menos hasta que se alcance a cocer con la papa y la cebolla. Es muy rico y sabroso.

– ¿Ovejas y carneros también se comen?
Los corderos siempre son nuevos, porque ya después pasan a ser carnerillos y son más fuertes pasan, más pesados. La oveja es muy buena también, pero se da de baja porque ya está muy viejita para que dé cría y uno las compra para hacer charqui.

– ¿Prepara charqui?
Antes sí. Se sacaba la carne, se adelgazaba bien, que quedaran una tiras largas y se les ponía sal. Se dejaba eso en sal, para que se pasara, pero después no queda salado. Teníamos unas carniceras, así se llamaban, una caja como un mueble, por ejemplo, con malla por los cuatro lados y adentro con puras varitas y ahí se colgaba. Se dejaban ahí, que no entrara ni un mosco, que estuviera en una parte adecuada para que no le entrara polvo tampoco, y al otro día se volvía, al día siguiente se volvía para el otro lado y así hasta que se secara, y se secaba ligerito. Después se guardaba para comerse. El charqui quedaba muy rico. Y limpio, porque no entraba ni un mosco.

– Charqui de oveja.
De oveja, sí.

– ¿Y eso ya se ve ahora o no?
Algunas personas lo hacen, por ejemplo, si yo quisiera hacerlo, lo hago. La otra vez lo hicimos, con la Marité, mi hija, compramos una oveja, y con Nelson, mi marido, hicimos charqui. Y después se machaca y se come, si quieren, crudo así, pero a mí me gusta ponerlo en las bracitas.

– Ustedes todavía comen harto cordero.
Sí, y todos mis hermanos, y no nos hace nada, estamos sanos, porque el cordero para nosotros es lo más sano.

– ¿Y como cazuela lo comen a veces?
Sí, también, la oveja es muy buena para la cazuela, porque es sabrosa. Yo el cordero me lo como en estofado, arvejado y asado, pero la oveja es la más especial para la cazuela.

– ¿Cómo prepara el asado? ¿Ustedes lo hacen trozado sobre la parrilla?
Sí, en pedacitos, cortaditas las presas. Está ligerito y queda sabrosa, queda súper rica la carne.
Se pone la carne toda cortada en la parrilla. Se vuelve y ahí se le pone sal. Ya, cuando quedó con la parte cruda para abajo, se vuelve otra vez y ahí se le pone sal.

– ¿La sal cuando la da vuelta?
Cuando se da vuelta, ahí se pone sal y queda súper sabroso.

– ¿Y se pone a fuego bajito?
Bajito, bajito y lento. Al final está tostadito, porque si usted le pone mucho fuego se le va a quemar y no es la gracia, va a quedar crudo adentro.

Preparaciones olvidadas

– Volviendo un poco a las cocinas entonces, de todas las preparaciones de antes ¿cuáles las recuerda usted así como con más cariño?
También comíamos harto poroto, las cazuelas de pavo del campo, y cuando se trillaba se hacía un charquicán tan rico… Igual cuando matábamos los chanchos, la panita del chancho la cocíamos, era la primera que se cocía, y se hacía con sal y cebolla, y se hallaba tan rica, lo que ahora no lo hacemos. Comemos cebolla pero con esa pana de chancho, era muy rica, era otro sabor.

– ¿Esa no se vende?
No, de chancho no, era muy rica como ensalada; de esas cosas me recuerdo y digo yo ¿dónde?, ¿cuándo iremos a comer esto?, nunca.

– Comidas que ya no se preparan…
El charquicán ese de las trillas era el mejor, con harta carne, se le ponía hasta bofe, esas partes al charquicán, y era un plato muy rico. Era distinto al charquicán que uno hace hoy día, aunque le ponga la arvejita, el choclo, todo. En esos años no teníamos ni zanahoria pero era un charquicán que cambiaba total, era otro sabor. En estos días alguien me preguntaba “¿Te acordai de esos charquicanes que se hacían antes para las trillas?”. No sé si lo hacíamos con presa grande, la cosa que era, quedaba muy sabroso.

– ¿Y qué otra comida se ha perdido?
También hacíamos mucho el poroto con mote, que era muy rico. Se pelaba mucho mote en esos años. Nosotros cosechábamos el trigo, teníamos trigo porque nos daban en el fundo para sembrar, entonces se trabajaba así, nosotros, como le digo toda mi familia, mis hermanos, tempranito a segar después cuando se hacían las trillas. Ahí es donde se hacía el charquicán. Se trillaba con esas máquinas de atao, después llegaron las máquinas cosecheras que se llaman, que iban por el trigo; en cambio, antes no pues, se segaba y se amontonaba el trigo en una era. Yo me recuerdo esos ataos, ahí donde todos jugábamos cuando estábamos chicas. Se hacían unas montoneras de paja, ahí íbamos a jugar, nos dábamos vuelta, chicas, ya después no pues, después nos tocaba trabajar.

– ¿Empanadas, por ejemplo, se hacían para algunas personas?
Muchas empanadas. Era increíble la empanada. Hacíamos harta empanadas, porque como cosechábamos cebolla y teníamos carne siempre, nunca nos faltó la carne, de cordero, de chancho, y se hacían empanadas.

– ¿Las hacían con pino de cordero también?
Sí, y con la carne que hubiese, hasta de pollo, de pavo, la que hubiese, carne. Y lo que se hacía, mucha tortilla también. Por ejemplo, si nos quedaba poco pan, la tortilla. Que esa es indispensable. Todavía aquí hay una señora que hace, la señora de un primo, y a ella se le mandan a hacer tortillas así. Y es rica, otro sabor del pan.

– ¿A qué edad y cómo empezó a cocinar?
Yo creo que a los 12 años ya estaba metida en la artesa haciendo pan.

– ¿Recuerda cuál fue el primer plato que aprendió a cocinar?
Bueno, de todas comidas: las pantrucas, sopas de pan, el sanco lo comíamos mucho cuando matábamos chancho.

– ¿Cómo se prepara sanco?
Donde se cocía el arrollado quedaba un caldo y uno después le ponía un poquito de cebolla picá, le ponía harina tostada y quedaba el sanco. Súper sabroso.

Recuerdos familiares de doña Marina

Cambia la vida

Su papá falleció a los 60 años, cuando ella tenía pasado los 20. Tuvo que irse a Santiago a trabajar y aunque el lugar y las personas fueron “buenas”, es un periodo de su vida que le duele recordar.
Con su marido, Nelson, se conocieron de niños, pues eran vecinos. Criaron a una sobrina como hija, María Teresa, y ya tienen un nieto, Matías.

– ¿Se gustaban desde niños?
No, si éramos cabros chicos, jugábamos como niños no más pos, no teníamos eso de pololeo, pero cuando me fui a Santiago ya pololeaba con él. Terminábamos, volvíamos y seguíamos así. Ya después de 30, ya yo me casé.

– ¿Una vez que formó familia, seguía cocinando lo mismo que había aprendido en su casa?
Siempre las mismas comidas casi. Antes se hacía mucho la papa seca, no puré, en el campo la nombrábamos “papa seca” y era con cebolla frita. Como cosechábamos, teníamos las papas, entonces recuerdo también esa comida: se pelaban las papas, se cocían y después se molían y se les ponía la color que quedaba de cuando se cocía el arrollado, una cucharada de esa manteca, y se hacía cebolla frita y se les ponía arriba. Quedaba muy sabrosa esa papa seca. A veces podía llegar huevo revuelto a la cebolla, entonces esos platos recuerdo, esas comidas que se hacían.

– ¿Sigue cocinando eso?
Aquí ya casi no, ya es más el puré con un bistec, con un huevo frito, que es distinto.

– ¿Qué comidas les gustan a su hija y nieto?
Más comidas secas. Todo así: el tallarín, el arroz con bistec, con papa frita, la pechuga al sartén, la empanada, esas son las más favoritas.

– ¿A su marido?
El caldo: la carbonada, el estofado, cazuela.

– ¿Y a usted?
A mí todas, venga lo que venga, yo comí de todas.

– ¿Qué le gusta cocinar, además del cordero?
Me gusta toda la cocina; me gusta cocinar.

– ¿Postres también hace?
Sí, también. Antes hacíamos mucho la leche con maicena. Amoldada y con un poco de mora, de dulce, arriba.

– ¿Cómo se prepara?
Mire, uno pone la leche, por ejemplo dos tazas de leche, al fuego. Le pone un poquito de azúcar, un palito de canela si quiere o vainilla, el sabor que usted quiera darle, una cascarita de naranja. Luego deshace unas dos cucharaditas de maicena en una taza y le vacía eso a la leche, que no se le pegue ni que se le hagan grumos, y empieza a espesar la leche. Hierve 5 o 10 minutos, revolviéndola, la vacía en moldecitos chicos, y se cuaja solita, después estando fría lo pone al refri, que esté amoldadita, la vacía al plato bajo y le pone un poco de mermelada de mora arriba. Y queda exquisita. Queda como un flan, suavecita.

– ¿Cómo le llama?
Postre de leche nomás. Con dulce de mora.

– Parece muy rico.
Sí, es muy rico. Igual que los panqueques con manjar también con helado encima.

– ¿Eso es lo que está haciendo ahora como dulce?
Sí. Al Mati le encanta el kuchen de nuez y a la Teté el pie de limón, eso lo hago yo.

– ¿Pero nada de eso comía usted cuando era niña?
Cuando éramos chicos no, pues hacíamos queque nomás y bizcochuelos.

– ¿Qué frutas comían?
Había muchos membrillos. También recogíamos peras. Peras cocidas comíamos de postre, y el membrillo cocido y de fruta.

– ¿Guardaban?
Para el invierno colgábamos los membrillos, colgábamos uvas.

– ¿Dónde las colgaban?
En la casa, adentro nomás, en cualquier parte. Porque ahí en esas casas grandes, que eran con vigas, uno ponía un clavo y colgaba unos cordeles. Siempre había un pilar y si uno ponía unos ganchos colgaba unos colgajos de membrillo o de uva y las comíamos así, secándose, y luego uno se lo iba comiendo. O poníamos en una mesa así hasta un membrillo y después uno comía nada más.

– ¿Pero las frutas del verano no las guardaban para el invierno?
Cuando había fruta, entonces se secaba así para cocer para el invierno. El durazno, el membrillo, las peras. Se secaban las peras y se hacían empanas de pera. Eso era mucho del campo.

– ¿Recuerda cómo era su preparación?
Se llenaban sacos de pera, se pelaban, se picaban en tajaditas y se hacían como charqui, se ponían en unas cosas especial de madera para secarlas y ahí se volvían y se secaban. Después se echaban a remojar, se lavaban bien y al otro día se cocían y se pasaban por una máquina y se hacía la pera, la empanada de pera.

– ¿Y la masa?
La masa, nada de otro mundo, pues uno echaba unos tremendos pocos de harina, le ponía la manteca y la salmuera.

– ¿Salada?
La empana siempre ha sido con sal.

– ¿Aunque el relleno sea dulce?
Sí, sí, la salmuera, se llama salmuera cuando se entibia el agua y se le pone un poco de sal. Claro, que no quedara salado, y uno lo hacía al ojo nomás, pues todo quedaba bien. Y ahí decía uno ‘vamos a calentar un poco de manteca en el sartén’ y se la echaba, y vamos revolviendo, y estas manitos hacían todo eso. Nosotras, ninguna, podemos decir no sabemos hacer.

– ¿Sus hermanas?
Todas sabíamos cocinar de todo y una sobrina tiene ahora una pastelería. Picaflor se llama, como el sector donde nacimos.

Lo más sano

– ¿Por qué cree usted que sería importante o qué es importante seguir como cultivando, seguir recordando y transmitiendo este tipo de comida?
Lo más importante es que es lo más sano. Yo trato de hacer legumbres una vez por semana, dos veces por semana a veces, porque si hago garbanzos, me gusta comer con cebolla.

– ¿Y qué cree usted que es como lo más representativo de Litueche?, ¿qué recomendaría?
El asado de cordero sería lo más.

Atesora las ollitas de losa donde se guardaba la color de su casa y la de su suegra.

Las cuecas y el Canto a lo Divino

–  ¿Cuál de las costumbres antiguas usted sigue haciendo? ¿Se acuerda si se lo aprendió a su mamá o a su papá?
Uno recuerda tantas cosas lindas de los viejos de uno, las palabras son las más que yo recuerdo de mi mamá.
Mi papá decía: “Yo tenía una sorzala y un triu que me la empeñó y al poco tiempo parió una diuca con un ala”. Siempre decía esas cosas y nosotros nos reíamos porque no pega ni junta.

– ¿Cómo llegó usted al Canto a lo divino?
Es que mis viejos eran muy alegres. Desde chicos nosotros estuvimos con ellos cantando. Nosotros, cuando íbamos del colegio, caminábamos mucho en el fundo donde estábamos. El papá andaba, pero al final, y nosotros lo escuchábamos cantar. En el Mes María, iba a toda boca, a todo lo que le daba “María, tú eres madre… María, tú eres mi amor”. En el potrero, cuidando sus ovejas de a caballo, en la quebrada, donde fuese, ya en septiembre andaba con las cuecas. Llegaba a la casa igual, era así como ágil, bailarín. Entonces nosotros, igual que él, cantábamos todos.

– ¿Y su mamá por su parte también?
También, porque ella tocaba la guitarra y cantaba.

– ¿Y qué cantaba?
Ella era una persona como reposada mi mamita, pero igual con mi papá se llevaban bien, pues eran contentos los dos y cantaban.

– ¿Allí aprendió entonces?
Uno aprende de los ejemplos de la familia, de verlos a ellos uno aprende y todos mis hermanos son igual.

– ¿Pero cómo llegó a dedicarse y ser conocida, como es ahora, por participar en los Canto a lo Divino?
En mi casa siempre se le cantó a la Virgen del Carmen, yo recuerdo. Todos los años para el 16 de julio. Se rezaba la novena, nueve días antes del 16 de julio, que el 16 de julio son las Cármenes, y ahí se empezaba la novena, con la familia, todos rezando el rosario en la noche y rezando la novena.
Después de allá de Santa Mónica, se vinieron mis papás acá al pueblo de Litueche, en una casa más arriba, y anduvo este Cristo Peregrino, como en el ’85, que se recibía en las casas y mi mamá dijo “Cantemos a lo divino” y buscamos a los cantores para que fueron a la casa. Empezaron a cantar y yo les pedí los libros y empecé a cantar con ellos y me dijeron “Mira, tenís voz, te sale bien la voz, tomas al tiro las entonaciones”. ¿Y podré cantar?, decía yo, y ellos dijeron que sí. Ya después se terminó eso, los llamaban para otro lado a cantar, y yo iba con ellos hasta que solita me tiré.

– ¿Usted pasó a ser una de ellos?
Yo soy una integrante de ellos, de los cantores.

– ¿Para qué fechas cantan?
Mire, se canta para el 16 de julio, para Santa Rosa, para San Antonio. Fallece alguien y dice, por ejemplo, “Yo cuando me muera, quiero que me canten a lo divino. Quiero que me cante el Juan”. Y cuando muere, le avisan a Juan y el lleva a los cantores. Y así, pues, entonces, siempre vamos a cantar a funerales, en velorio.

– ¿Son los mismos cantos o diferentes?
Son de distintos fundados. Hay fundados de Nacimiento, Padecimiento, Pródigo. Cuando hay un pobre hombre que ha sufrido mucho, se le canta al Pródigo. Son muchos fundamentos. Es muy bonita. Uno Dice “Fíjate, mira la cruz, ese madero sangriento, en que dio su último aliento nuestro Salvador Jesús. Oh sol de divina luz, quién podrá desconocer el inmenso padecer de la humanidad de Cristo, el único que se ha visto, querer solo por querer…”
Hay distintas entonaciones, Rosa y Romero….

– ¿Cuál otra más le gusta?
Es que es el único que me sé de memoria. Los otros los sigo por libro.

– ¿Con la guitarra no se sabe…?
No, nunca, nunca he practicado a lo divino, pero quiero.

– Es un canto muy emocionante…
Sí, cuando se murió una madre… Cuando falleció mi mamá le canté, cuando falleció mi hermano también le canté. Llega al alma, pero es muy bonito. Uno lo hace con ese amor, con esa fe, y uno no se preocupa de la gente que está al lado, que hoy canta aquí, canta feo, que canta acá, no. Uno canta como que está rezando, algo que está entregando, pero con ese amor.

– ¿Nace del corazón?
Es algo que uno le pone el corazoncito, el amor. Como para las comidas, para todo uno le pone algo de uno. No se hacen las cosas así nomás.

 

Texto y fotos de Clara Bustos Urbina