La mirada de doña Iris Carmen Morales Olguín (79 años) se diferenció desde pequeña del común de las niñas de su entorno: no aceptaba tener que “atender” a sus hermanos, prefiriendo ir a buscar agua y leña en vez de cocinar, servir la mesa o planchar, y se preguntaba “¿por qué las hijas del patrón estudian y por qué nosotros no?”.
¿Quién o qué influyó en esta atípica mirada? “No sé de dónde lo saqué, era algo innato”, Además –añade más adelante-, “yo tenía sueños, como chica, de volar”, recuerda.
Esos deseos le llevaron –con la ayuda de un sacerdote que visitaba el fundo en que nació- desde Litueche hasta Santiago como interna en el María Auxiliadora de Avenida Matta, donde junto con terminar la preparatoria y cursar sus estudios secundarios, fue de las “alumnas profesionales” que aprendió el oficio de tejido a máquina. A cambio de los primeros estudios, eso sí, debió barrer y barrer los pasillos del colegio.
En ese entorno salesiano, sintió un llamado vocacional que le hizo vestir hábito religioso hasta la etapa de novicia. No obstante, tras unos años de “novia” con Jesús, en un viaje de visita a la casa de sus papás se dio cuenta que “no era para estar encerrada”, dejó el convento y regresó definitivamente a su comuna natal. Pero no dejó atrás sus sueños ni su compromiso religioso ni la inquietud social.
Aquí formó un club deportivo para dueñas de casa, trabajó en el Registro Civil, dando talleres en el empleo mínimo y como administradora de un hogar de ancianos.
Entretanto, se convirtió en mamá. Eligió seguir soltera y asumir sola la crianza de este que es su único hijo, mostrándole esas fronteras amplias que da el estudio. “Mi hijo es libre, es un científico, doctor en Ciencias Químicas”, comenta con satisfacción.
Sufrió un aneurisma que le obligó a bajar el ritmo, dejó el trabajo el hogar y se dedicó más al cuidado de sus padres ya ancianos. Pero ello, como era de esperarse, tampoco mermó su energía vital: al poco tiempo estaba en la parroquia como una activa agente pastoral y e ingresó a un club de adulto mayor -del que es la secretaria-, ambas instancias que le mantienen muy participativa y activa hasta hoy.
Antes de iniciar su recorrido fuera del campo, doña Iris creció en el fundo Santa Mónica, donde su papá era fogonero. Atesora lindos recuerdos de su infancia, como cuando los domingos iba con sus hermanos a sacar miel con su papá a los árboles, sin protección, alejándolas con el humo de bosta de caballo que quemaban en un tarrito, o las navidades, cuando con su mamá iban a un pajal a saludar al Niño Dios con peritas de regalo en un canastito de carey que todavía conserva.
Y aunque no aprendió a cocinar de niña, sí lo hizo con el tiempo, al menos en lo necesario para defenderse y con maestría en lo que sus platos favoritos lo exigen: las humitas y el asado de cordero a la parrilla.
– ¿Cómo se produjo su ida a estudiar a Santiago?
Era muy difícil salir del campo a una ciudad, y yo, por estas cosas de la vida, tuve un contacto con un cura que se preocupó de los jóvenes de familias con algún sentido más cristiano de acá, para llevarlas a las monjas, y me dijo a mí. Yo tenía sueños -como chica- de volar. No conocía Santiago, no conocía las monjas, no conocía nada. A mí me fascina el campo, pero quería conocer otro mundo, tener más contacto, aprender. Costó un poquito que me dieran permiso pero salí. No recuerdo si tenía cumplido los 12 o había entrado a los 13.
– ¿Recuerda cómo se llamaba el sacerdote?
Luis Cerón Villablanca, me acuerdo y tengo la imagen del curita.
– ¿A dónde se fue?
Me fui a Santiago, a las monjas salesianas, Avenida Matta 726, María Auxiliadora.
Como interna me fui al colegio. Ahí tuve que trabajar un poquito y barrer, pero era lo que te daba la posibilidad de estudiar un ramo técnico.
– ¿Estudió la secundaria?
No, no, yo partí de la preparatoria, porque cuando yo salí en las escuelas de campo no le hacían más clases que quinta o sexta preparatoria. Yo pienso que estaba por ahí en cuarta o quinta, pero yo hice la sexta preparatoria en Santiago.
Y terminé una escuela técnica. El ramo técnico que yo aprendí, fuera de las clases que nos hacían, fue a tejer en máquina. Debíamos elegir entre ser cocinera, o aprender economía, o tejido o costura, estas cosas eran las que ofrecían más o menos…
– ¿Era como la especialidad?
Era la ayuda que daban las monjas. No era un tiempo de clase, sino en un tiempo más libre, porque nos llamaban “las niñas profesionales”. Salíamos con un oficio, que eso fue lo que yo estudié. Eso a mí me sirvió mucho.
– ¿Entonces egresó a los 18, 19 años?
No, no, yo me quedé en las monjas por muchos años. No me vine, me quedé, porque después quise ser monjita. Es una historia bien bonita… es que las monjas a una la van estudiando, entonces le dicen “Usted podría… porque tiene la vocación para esto, para el otro…” Yo tenía tres cosas para elegir, que eran lo que más me fascinaba: ser voleibolista, que no era muy mala; ser carabinera, estaba el boom de las carabineras; o ser religiosa. Y como las monjas la guían, bueno, me llevaron a probar, como dicen. Ellas llaman aspirantado, que es que uno aspira. Y ahí pasé unos años y después al noviciado, cuando ya uno dice…
– Avanzó…
Avancé hasta cuando ya dicen que uno está de novia y decide casarse o no casarse, que es más o menos así. Por estas cosas de la vida, yo estaba como para ya recibirme de religiosa, pero me dio una enfermedad, una úlcera al duodeno y tuve que tener dos años con un reposo, pero eso también lo hice en Santiago.
– ¿Retomó su noviciado?
Yo me mejoré y volví, pero por muy corto plazo. Pedí un permiso para venir a mi casa, porque hace años que no venía, que todavía era en el fundo y no acá en el pueblo. Y ya parece que mis papás estaban haciendo esta casa. Así que cuando yo llegué, llegué aquí.
Volví y sola yo me di cuenta que yo no era para estar encerrada en un convento, yolas quería y a mí me sirvió mucho sí, pero yo era para vivir en un mundo donde tuviera más contacto con la gente, donde pudiera hacer cosas mucho más… Entonces yo acá empecé a meterme en la parroquia, acá a trabajar. Yo en realidad aquí hice varias cosas. Llegué con toda la fuerza.
De regreso a Litueche
– ¿Qué edad tenía y qué quería hacer?
Llegué con 26 años, con toda esta energía de hacer cosas, de cambiar a las mujeres, de hacerlas que se valoraran, que tenían derecho de hablar. Formé un club de fútbol para mujeres, que aquí ninguna mujer podía darle un puntapié a la pelota. Como yo era deportista y me gustaba mucho el deporte, formamos un club que le pusimos el nombre Le Petit, con puras dueñas de casa.
Después de eso, el primer trabajo que hice fue como oficial adjunta en el Registro Civil, después pasaron unas cosas y pasé a trabajar en el empleo mínimo, a ejercer lo que yo estudié, a enseñar a tejer a maquinas, a formar talleres. Luego, como yo era conocida del curita, otro curita, me fui a la parroquia a trabajar y él había formado un hogar de ancianos y me dijo que me fuera como encargada a poner orden. Bueno, dije yo, me va a servir y me sirvió mucho. Y ahí estuve 16 años trabajando en el hogar de ancianos que se llama Cristo Amigo. Es un hogar de beneficencia del pueblo.
Por estas cosas de la vida me dio una enfermedad, un aneurisma, que me mandaron para el cementerio pero me devolví, pero ya era complicado seguir en el hogar, con tanta responsabilidad, así que de ahí me dediqué a hacer otra vida, acompañé hasta que murió mi papá, primero murió mi mamá, y de ahí me dediqué a la parroquia un poco más.
– Usted es como una dirigente social…
Yo puedo decir que es un don que me gusta, como líder, que a veces hablo mucho, yo digo dígame que me calle, porque yo tengo que escuchar. Eso me cuesta un poco, porque me gusta decir todo lo que siento.
– ¿Tuvo hijos?
Tengo un solo hijo. Después que me salí de las monjitas tuve un hijo, pasaron unos añitos y como a los 33 años yo tuve mi hijo. Él ya debe tener unos 46 años ya. Pero no me casé, no quise.
– ¿Nietos tiene?
No. Mi hijo vive… Es un científico, un doctor en Ciencias químicas. Él vive su vida descubriendo el mundo, donde lo manden y donde ande, ellos trabajan así, haciendo proyectos, en seminarios…
– Es libre y es inquieto igual que usted.
Claro, eso, no quiere amarrarse a nada.
– ¿La viene a ver a veces?
Sí, estuvo este fin de semana y viene para las elecciones porque vota acá. Tenemos una buena relación.
“En el campo, campo”
– Vamos a esa familia de la infancia. ¿Cómo era la vida de campo?
Ay, hermosa! Para mí la vida de campo fue lo más hermoso que hay. Como le digo, yo siempre soñaba, yo nací en una familia de seis hermanos, dos mujeres y cuatro hombres. Y nacimos en el campo, campo. No había luz, no había agua, nada.
– ¿A cuántos kilómetros del pueblo de Litueche?
A ver, de aquí hasta Santa Mónica deben ser unos 20 kilómetros, pero corresponde igual a la comuna de Litueche. Era campo, campo. Yo vivía con mi papá y mi mamá y unos hermanos en un caserón muy grande y una familia, una prima que estaba casada y una tía que era hermana de mi papá. Era una tremenda casa, como galpones, de adobe.
– ¿Se acuerda quién eran los dueños del fundo?
Sí. Antonio Molfino era el dueño del fundo. Familia Molfino Mendoza, porque la señora era Ana Mendoza. Yo tengo muy buen contacto con los hijos todavía.
– ¿Qué se producía en ese fundo?
Lo que más que se sembraba era trigo y lo que criaban eran ovejas también. La oveja era lo fuerte también de los animales.
– ¿Para lana o para comida?
Para lana, para comida. Todavía tienen eso, ovejas, las señoras, las hijas del fundo. También me acuerdo que se hacía el carbón.
– ¿Carbón de espino?
Ya no sé de qué hacían, pero eso se hacía en ese tiempo; metían madera en hornos grandes y sacaban carbón.
– ¿A qué se dedicaba su papá?
Mi papá decía que era fogonero porque tenían esas fraguas donde hacían las herramientas a puro golpe. Yo tengo herramientas de mi papá que las hizo en esa fragua. Él era el que la hacía funcionar, mantener ese fuelle, mantener con fuego, calentar los fierros, y eso yo me acuerdo bien, me acuerdo hasta del lugar. Yo creo que en esa parte habían unas cuatro personas a trabajar. Pero él decía que era el foconero, el que hacía el fuego, calentaba los fierros, los sacaba, los ponía, los golpeaba. Un inmenso galpón grande
– ¿Hacían herramientas o las arreglaban?
Para hacerlas, para arreglarlas Por ejemplo, las ruedas de la carreta que en ese tiempo se usaban carretas; los arados, que le hacían una punta para romper la tierra; las herraduras, no sé si las hacían pero sí se las ponían; pero todo lo que eran estas cosas se hacían en ese punto. Un hacha, una piqueta, todas esas las hacían mi papá.
– ¿Y su mamá se dedicaba a la casa?
Mi mamá era una persona que para mí era muy especial. Ella tenía todo lo que mi padre no tenía. Mi padre era el hombre pero más bueno que todo, era bueno. En cambio mi mamá era la que ponía el orden, era más seria. Ella le enseñaba a leer a los adultos a través de la parroquia. Era muy inteligente, muy, muy inteligente.
– ¿Tenía estudios?
Yo no sé hasta qué año estudió, pero se manejaba bien con las letras, digamos, para poder enseñar. Ella era más señora, no era tanta de hacer cosas. Mandaba un poquito más. Quien se llevó todo el peso de la casa fue mi hermana mayor.
– ¿Qué lugar ocupa usted en el orden de los hijos?
Yo voy ocupando el quinto lugar. Tres hombres y dos mujeres.
– ¿Y a su hermana mayor le tocó el peso de la casa?
Sí, mi mamá era como que dirigía todo lo que era dentro de la casa las compras, que hicieran el lavado, y a mi hermana Elisa le tocó todo el peso de casa.
– ¿Era muy mayor que usted?
Como 5 años. Pero a ella le gustaba y le sigue gustando la casa. Ella por carácter también lo asumió en cambio yo no, yo decía “no lo hago porque no tengo por qué hacerlo”. Era como rebeldía, porque yo quería que a las mujeres no las mandaran los hombres. Esa era mi cosa cuando era chica.
– Usted era más feminista.
¿Cómo le digo? Era que no nos pisotearan. Yo miraba a los hombres, llegaban, se sentaban, “Elisa, pásame agua blanda en las manos”. Y al salir, “Elisa, lústrame el zapato”.
– ¿Se refiere a los hermanos?
Los hermanos. Todos les decían a mi hermana, todos. En cambio a mí, me tenían hasta asustar para que, y no les hacía. “Ustedes tienen manos”, les decía. Era como que veía que a nosotras las mujeres nos tenían ahí solo para estar en la casa haciendo la comida, dándole comida al gato, haciendo fuego, era algo raro.
– ¿Algún ejemplo, alguna mujer que le hubiera escuchado hablar?
No, solo de mirar. Algo innato. Me salía. Lo que sí no podía entender, por qué las hijas del patrón estudiaban y por qué nosotros no teníamos derecho a estudiar. De ahí me partió la idea. Si estudiamos, pues nosotros no tenemos derecho a estar en la casa.
– ¿Qué le respondían?
No, esa pregunta me la hacía yo. La idea mía, como le digo, siempre era salir y conocer Santiago, porque la gente de ese tiempo hablaba de Santiago. Mi mamá parece que había trabajado en Santiago, a mi papá lo llevaban a arreglar las casas del fundo a Santiago, que tenían casa los patrones, a soldar allá arriba, porque todo eso lo hacía. Entonces mi mamá decía, mi papá era el que más decía “Esa claridad que se ve allá es Santiago”, que yo no conocía. No sé si la historia, como le digo, es bonita…
– Entonces seguramente ese sacerdote notó en usted esas ganas de salir.
Siempre cuento que es un sueño que nadie me lo reveló, sino mi mente de donde me iba saliendo. Y eso me costó porque era pobre, no teníamos grandes riquezas. No pobre de no comer, porque para comer en una casa de fundo en ese tiempo había de todo. Pero pobre de conocimiento, como con quién se relacionaba usted, no tenía otra con gente más que no sabía ni leer, campesinos que solo trabajaban, que llegaban todos transpirados, había que ponerles la mesa, entonces eso no iba conmigo.
Mi mamá podía sentarse y decir “Elisa, hoy día hay que lavar la ropa, mañana hay que azular…”. Otro día, almidonarla, porque así se hacía el lavado y en artesas. Yo servía para ir a buscar el agua, ir a buscar la leña, que era lo que yo hacía.
– Esas eran sus labores, pero no de atender a un hombre.
No, no, no. Eso es lo que no le gustaba, de atender a los hermanos.
– ¿Y al papá tampoco?
No, y cuando hablaban de casarse, conmigo no iba. Era como que rechazaba, por todo lo que iba viendo.
– ¿Su papá era muy machista respecto a su mamá?
No, no, mi papá hacía todo lo que mi mamá decía. Mi papá todo era bueno. No habían cosas malas. Mi papá, mi mamá, nunca nos retó, ni nunca nos pegó. Antes se pegaba a los hijos con látigos. Mi papá ni mi mamá, nunca. A veces le iban a asustar, querían pegar, pero no los pegaba. Nunca, nunca. Bastaba con… Y éramos una familia muy, muy unida. Hasta el momento somos una familia muy unida.

Doña Iris mostrando las azucenas que cultiva en su jardín.
Comidas de la infancia
– En cuanto a la alimentación, quién cocinaba en su casa?
Mi hermana. Mi mamá debe haber sido antes.
– Pero lo que usted recuerda siempre es su hermana.
Sí, era mi hermana era la que llevaba la batuta y mi mamá le ayudaba.
Y según lo que decía mi mamá, para cuando tenía guagua, nosotros parece que fuimos nueve hijos y se murieron algunos, cuando tenía un hijo, mi papá le buscaba una niña, una persona que la cuidara y nosotros teníamos un nana en ese tiempo, una vecina soltera.
– Por lo que usted cuenta, su papá tenía mejor ingreso que el común de los trabajadores del campo. Lo bueno en ese fundo es que usted tenía oveja, vendía ovejas, tenía caballos, vendía caballos, tenía todas las cosas que… Tenía como, decimos, un chipe libre para criar todo. Y de eso también ayudaba, que se cosechaba el trigo, se hacía la harina, el garbanzo, que era cosa así, que hacía chacra, la gente cosechaba las papas. No tenía tanto que comprar.
– De ahí se sacaban los productos.
Claro, por ejemplo, mataban un chancho y ahí tenía la manteca, tenía la carne, que la manteca la guardaban casi un año las señoras, y se iba usando. Mataban ovejas, me acuerdo que mataban las ovejas y las colgaban, como que se secaba en un cuadrado, como de un metro y medio, con rejas para que no entrara la mosca.. Y esa carne la guardaban para el invierno.
– ¿Y las secaban con sal también? ¿Tipo charqui?
Parece que le echaban, sí, tipo charqui, sí.
– ¿Y esa era la de oveja?
De oveja, es que vacunos creo que mataron, pero eso yo no tengo recuerdo.
– ¿Era la oveja lo que comían?
Sí, la oveja y el cerdo.
– ¿Y gallinas tenías?
Sí, teníamos gallinas, patos, pavos, gansos. Si era campo, era criar.
– ¿Quién se hacía cargo de esas aves?
Ahí había mis hermanos que les gustaban. Por ejemplo, las aves de mi hermano, que conocía hasta los huevos. Cuando teníamos tres familias, decía, este huevo de este color es de la Tila, este azul es de la tía Juana, este es de la mamá.
– ¿Aunque vivían en la misma casa, las tres familias cocinaban separadas?
Separados, sí, pero lo más era libre, hacíamos pan juntas, las gallinas se criaban juntas. Cada una conocía y les daba a comer a sus gallinas. Así era muy linda la vida del campo.
– ¿Cómo era la cocina? ¿Era en el patio o dentro de la casa?
Había un galpón grande, que ellos llamaban cuarto, largo. Al lado de eso estaba la cocina. Era la única que estaba allá. Era larga también y tenía una ventanita. Esa era la cocina. Era un espacio grande. Tres señoras, pero cada una en su olla. Y ahí se hacía a fuego, entonces usted entraba ahí y no sabía dónde estaba la olla, porque no veía por el humo. Y eso era lo no me gustaba. Era como para ahogarse…
– ¿Qué comidas recuerda que plantaban o preparaban?
Los porotos y de toda verdura. A veces el poroto eran con mote. El mote es el trigo. Y eso lo hacían las señoras. Pelaban, “vamos a pelar mote”, decían. El mote se echaba a cocer en una olla. Parece que le echaban un poco de ceniza, de lo que yo recuerdo. Se llamaba lejía. Una vez que estaba cocido, el mote empezaba a abrirse como las cabritas. Lo tenían que lavar, muy bien lavado. Bien lavadito. Y después de eso, se llevaba a moler. Y se ponía en una piedra. Se ponían de rodillas, ponían unos saquitos y molían. Eso lo tengo muy claro. Esos porotos era cocerlos en una olla de greda y después el mote se los iba echando, y no sé si si esa grasita que ellas llamaban manteca de cerdo, un poquito que les diera color.
– ¿Cuáles eran las comidas más habituales?
A ver, en mi tiempo lo más que se comía eran pantrucas, los porotos, las cazuelas. De esas se comían porque había gallinas, había patos, había conejos, había codorniz que pillaba mi papá. La carne era toda también del producto del campo.
– ¿De todo animal se hacía cazuela?
Claro. Mataba una gallina, una cazuela. Mataba una oveja, cazuela. Yo no recuerdo haber comido estos asados que come tanto la gente ahora.
– ¿El día domingo se comía algo diferente?
No recuerdo mucho la comida el día domingo. Lo que sí recuerdo que hacía yo con mi papá, como nos gustaba salir, a sacar miel, porque también sacábamos la miel.
– ¿Dónde iban a sacar miel?
Eso se salía al campo. No había los cajoncitos que hay ahora. Las abejas podían nacer en un hueco de árbol y ya cuando el árbol está viejo, íbamos a sacar miel ya a las barrancas. Aquí había un pájaro que según mi papá, se llamaba pitío, y hacían unas cuevitas así, y ahí ya, después paraban las abejas y ahí se sacaba la miel.
– ¿Iban cubiertos con algo?
No, mi papá no se cubría con nada, pero para que la abeja volar nosotros juntábamos en un tarro que se le ponía un arito de alambre, y lo tomaba ahí, bostas de caballo, y el humo de la bosta le volaba a las abejas, se iban y le dejaba la parte libre para sacarla. Él sacaba la penca de la abeja, la echaba en un balde, y ese balde lo tapaba con un pañito que las mamás tenían siempre limpiecito, para llevarlo a la casa, y después llegaba a la casa, esa penca la estrujaban así y la apretaban para que corriera la miel. Y la ponían en un colador o en otro trapito limpio para que cayera solo la miel.
– ¿Eso era algo característico?
Era como para recrear el domingo y lo otro es ir a misa.
– ¿Qué día comían algo diferente? ¿Para alguna fiesta en particular?
Para las Carmenes, el 16 de julio. Habíamos cuatro Carmen. Ahí se hacía algo especial.
– ¿Y qué se comía?
Se hacían tortas, bizcochuelos. Había una cosa que llamaban chilenitos. Otro que se llamaba suspiros de monja.
– ¿Suspiros de monja? ¿Cuál era ese?
Es que era como una pelotita de masa que hacían, no sé si le echaban polvo, después la pasaban por agua con… por almíbar, como llamamos. Y quedaba así como una cosita blandita, muy rica.
-¿Como de quequito?
Sí, una cosa como quequito. Parece que le echaba un huevo y harina. Eso se batía, lo hacían batido con agüita, una vez que ya no quedara ni muy claro ni muy espeso, esa cosita parece que la freían, después de lo frito, le echaban en almíbar. Era rica.
-Se llamaban suspiros…
Porque las monjas suspiran bonito jajajá.
– ¿La torta de bizcochuelo con qué fruta?
No, era comérsela así nomás. El bizcochuelo. Yo no sé, yo nunca vi que le echaran así fruta, que la partieran y que le echaran betún. Era así no más lo que nos hacía una tía que llegaba a las 6 de la mañana con una tortita de bizcochuelo cada uno, chiquitito. A los carmelitas.
Y lo otro que se celebraba también eran las Marías, que era la misma historia. Y Antonio, eso eran los días especiales.
– ¿Para Navidad y Año Nuevo?
Tengo el recuerdo más hermoso de la Navidad, por eso quiero mucho la Navidad. Por mi madre, que le digo que era muy inteligente, teníamos un pajal -lejitos de la casa, como de aquí a la esquina-, pero ahí estaba el buey, estaba la vaca, las ovejas, entonces mi mamá nos llevaba a ese pajal, que ahí había nacido el Niñito Dios.
Y teníamos, que yo tengo por aquí el canastito parecido, chiquitito, y había un moisés, que el moisés que dicen fue salvado de las aguas en un canastito, de carey, y ese era el Niñito Dios, y lo ponía mi mamá en el pajal. Nosotros a las 12 de la noche no íbamos a buscar regalos, si no que le llevábamos regalos. Una perita, que en ese tiempo era lo que había, una guindita que ella estaba viendo, era un terreno seco porque es todo seco acá, pero era el regalo que le llevaba. Después que veíamos todo eso, mi mamá nos contaba toda la historia y nos hacía salir afuera y decía “Mire, mire las estrellas porque en el campo se ve muy bonito el cielo estrellado. Mire, esas estrellas guiaron a los pastores, a los reyes magos, y a las ovejitas que están ahí, y el buey le dio el aliento para que el niñito no tuviera frío. Así era la historia”. Así que tengo esa historia muy, muy bien grabada en mi mente.
– ¿Para Fiestas Patrias?
Lo que hacían era juntar chicha, comprar chicha. Eso, eso recuerdo. Chicha no faltaba, pero comida, no recuerdo. Y los chilenitos también lo hacían para el dieciocho.
– ¿Tenían árboles?
No, no. Muy pocos árboles frutales en mi casa porque yo estaba en un cerro pelado. Había un eucalipto, un peral que era pera chata, el otro tenía peras motas que de eso hacían una empanada. Y para contar parecían peras bandurias que yo tengo aquí ahora. Tres tipos de peral que había en mi casa. Hubo un árbol que era muy bonito que se llama, el olmo, un árbol muy lindo que eso teníamos donde teníamos el horno para coser el pan.

Conserva con cariño objetos de su casa de infancia y herramientas de su papá.
Productos marinos y paseos
– Y a veces hacían, por ejemplo, la sal y el cochayuy0. ¿Comían algo de mar también?
Sí, porque nosotros estábamos cerca de Topocalma. Es la playa más cercana que tenemos nosotros, pero es muy mal el camino. Ahí se hacía esa comida, si me acuerdo, que nunca la podía comer yo. Papas con luche. Esa comida era con papas, papas por lógica. Y el luche era como una cosita como un papel arrugado que se sacaba en el mar. Y eso comíamos y porotos con otro con cochayuyo también.
– ¿Algún pescado?
El salmón, pero envasado. Eso compraban mucho porque en el fundo había una cooperativa que se hizo con el fundo, a todos los trabajadores, eso yo me recuerdo también, y ahí traían todo lo que era la leche condensada, el salmón, queso, lo que más. La gente eso siempre lo comía con cebollita picada.
-¿Para los paseos llevaban algo de comer?
Fiambre de gallina.
-¿Cómo se prepara?
Eso, bueno, por lo general primero tenía que matar la gallina, se echaba a cocer. Le podía echar, en ese tiempo que era lo que había allá, un dientecito de ajo, una cebolla que las partía la señora, y sal. Una vez que se cocía, ellas la aliñaban con sal, comino, que también se sembraba el comino en el campo. Era un ají de color que llamaban que le echaban a todo para que tomara un colorcito más. Orégano. Todo eso se sembraba en el campo. Se le echaba y usted lo dejaba para comérselo al otro día. Y ahí la dejaba para el otro día. Entera, pero para aliñarla, como decían ellas, la desarmaban un poquito. Y la dejaban ahí tapadita en una fuente de greda, todo era greda.
– Y después, ¿en otros días se comía así frío?
Frío, sí.
-¿Pero con pancito?
No, las que querían con pan, las que no. Algunas lo comían con ensaladita y cebolla, que eran los demás, también se sembraba en el campo eso. Y nosotros teníamos todo.
Las pantrucas con cariño
– ¿Y cuál era como la comida más propia de Litueche, cuando usted era niña?
Cuando yo era niña, como digo era el poroto y las pantrucas. En toda casa se comía poroto, pantrucas y cazuela, que la cazuela podía ser de oveja, de chancho, de gallina, de pollo.
– ¿Cómo más preparaban a la oveja? ¿O siempre la cazuela?
Yo no sé, es que yo de asado no me recuerdo. Yo, a la casa que llegaba, si no había cazuela de oveja, había cazuela de gallina.
– ¿Y cuál de esas comidas antiguas es la que usted recuerda con más cariño?
La pantruca. Las recordaba había una historia muy bonita. Como que se hacían de harina y se estiraban con un uslero y después las cortaban con un cuchillo o así, pero le echaban huevo. La yema del huevo como que la batían, batida. La clara se echaba enterita. Y esas pantrucas se hacían en estos tiempos cuando empezaba a sacarse la papa. Se le echaba la papita, las papitas, porque las papas grandes y chicas, las más chiquititas, y le sacaban el hollejito, quedaban como un huevito, y se le echaba arveja, porque en ese tiempo también había. Pero el recuerdo que tengo yo era que esas pantrucas, usted se las comía el otro día, eran mucho más ricas. Por eso nosotros peleábamos. Claro, el que era el raspadito de la olla, porque lo encontrábamos tan rico.
– ¿Se le echaba como algo verdecito o no?
A lo mejor le picaban un poquito de orégano, porque orégano había mucho por allá, siempre había. Y lo otro, lo que se le echaba también era el ajo. Y también era un ajo, no era como el de ahora, era como el del sur, el de Chiloé, ese ajo cabeza grande, no de dientes, como el que se vende ahora. Uno grande, que crecía así como un lirio arriba. Y daba una papa. Esa papa usted la podía dividir para cuatro veces. Ese era el ajo de ese tiempo en mi tierra.
La cocina personal
– ¿Usted aprendió a cocinar?
Muy poco. En mi casa creo que no pelé nunca una papa; creo.
– Todo lo hacía su hermana
Mi hermana y mi mamá sentadita. Ella dirigía y mi hermana, pero yo no sé si me mandaba una vez, no, comida nunca, nunca, nunca.
– ¿Cuándo le tocó aprender?
Cuando llegué aquí porque ya mis papás estaban solos, entonces me tocó a mí hacer almuerzo. Bueno, mi mamá algo se movía, mi papá también, pero me tocó a mí.
– ¿Quién le enseñó?
Mi mamá me decía “hagamos de unas papitas con tallarines”, que era lo más que hacía. Pantrucas no aprendí pero las hacía ella.
– Y después cuando crió a su hijo ¿contrataba a alguna persona?
No, no, no, o sea, para mi hijo también cociné. Es que yo he tenido muy buena suerte con todas las edades en el almuerzo. De hecho, yo tenía una tía que me invitaba a almorzar. Así que yo ando siempre, como les digo, a la parte de almuerzo me invitan mucho porque saben que yo no sé hacer cosas. Si tengo que hacer una cazuela, a lo mejor no me queda muy buena, pero la hago. Mi hermana por ejemplo, ella siempre me traía los conejos listitos porque yo me los comía, era el aliñito, todo. Ella cosechaba todas esas cosas y las traía hechitas, acá para nosotros no era mucho el trabajo.
– ¿Algún plato en especial que sepa hacer?
No, no, yo lo más que sé hacer es arrocito con un bistec, tallarín. Sí sé hacer huma, que esa me fascina. Porque esa me gusta mucho. Esa es mi fuerte. De esas lo sé todo. Las humas hago y guardo hasta… entonces yo para no hacer almuerzo, me voy comiendo una huma diaria.
– ¿Y el maíz propio de acá?
Antes se daba acá, pero ahora no, muchas horas, bueno, antes nosotros también lo plantábamos en nuestra tierra.
– ¿Comían harto choclo en el verano?
Sí, porque ellas llamaban chacras de rulo, que sembraban la sandía, sembraban el maíz, ponían la arveja, la papa, esas eran chacras de rulo. Buscaban los campos que guardaran un poquito de humedad parece que era, porque mi papá tenía un trabajador y decía “mire en aquí es bueno hacer una chacra”, ellos conocían los terrenos que no iba a ser una chacra en un cerro seco, y buscaban de rulo y con el que caía significaba que se mantenían árboles verdes y era ahí había como que la tierra claro que la empezaban a hacer las chacras para que aprovecharan las lluvias todo eso eso.
– Pero no tenían que ir a regar.
No, no, no. Todo se regaba con la madre naturaleza.
– ¿Ya no se plantan muchos choclos?
No, por acá, la gente que hace chacras, ya, bueno, ahora creo que hace, porque ahora se riega todo con agua por acá. Pero casi siempre traen de fuera el choclo.
– ¿A su juicio, ha variado mucho la alimentación desde cuando usted era niña a ahora?
Claro, porque ahora hay más productos. Y parece que no tiene el mismo sabor, porque casi todo lo compra usted, no lo cosecha. Entonces varió mucho también el sabor. Un día me invitaron a comer pantrucas y las habían comprado y las encontré muy malas. No eran las pantrucas blanditas, las que hacía mi mamá, mi hermana, no, no, no.
– A su hijo, ¿le gusta esa comida antigua?
No, no, no, mi hijo es muy distinto a mí para comer. Él no come nada que tenga ni mucha grasa, come mucho marisco, él no come pan, no toma té.
– En general la gente joven que vive en Litueche, ¿ha cambiado la forma de comer también?
Sí, pues la gente es más cómoda, ahora comen más puras papas fritas, puras empanadas fritas, esta cuestión de completo, esto otro… ¿cómo lo llaman? El sushi. Los sándwiches, todos.
– ¿Qué significa para usted como la comida antigua?, ¿tiene algún apego a ella?, ¿siente que es necesario continuarla?
Mire, yo hay cosas que encuentro que se podrían haber continuado haciendo, porque son más sanas, no tienen, ¿cómo se podría decir…? Imagínense usted que se coma un poroto con mote, yo lo encontraba muy sano, porque no le echaban tantas cosas ni tantos aliños, yo creo que eso es. Eran más sanas, naturales, no tanto químicos, ahora si no le echa químico ni una mata de lechuga se le da. No sé por qué la tierra ahora ha ido perdiendo la fuerza.
– ¿Y en cuanto al sabor?
Es que era un sabor suave, usted hasta el olor a veces ahora, algunas que le echan caldos Maggi, y que mi hijo tiene prohibido porque no sé para qué hace mal, hasta ese olor es fuerte, usted siente que no es una comida fresca. La más natural tiene como frescura, que da gusto. Usted va al campo y se come una cazuelita de gallina, da gusto comerse porque tiene un sabor distinto.

Los perales son de los pocos frutales que había en su casa de infancia.
Cordero a la parrilla
– Si que alguien viniera acá y le dijera que quisiera comer algo representativo de Litueche, ¿qué le recomendaría a usted como que comiera?
Un asadito de cordero, porque aquí se comía mucho cordero, se sigue comiendo, que el asado es muy rico. Con una ensaladita a la chilena, que a mí la cebolla me hace muy mal, pero es lo que uno le da a la gente que viene del campo de la ciudad.
– ¿Usted no recuerda que cuando era niña comieran el cordero asado, pero luego se empezó a hacer asado y a usted le gusta?
Sí, cuando después llegué aquí ya sí se hacía.
– ¿Sabe preparar asado de cordero?
El asado sí. Yo quemo el carbón, pongo el cordero y le echo sal y nada más.
– ¿Sin aliño? ¿cuánta sal?
Sin aliño y no tanta sal. Algunos le van echando ahí, pero yo lo pongo en una fuente y le echo la sal antes y lo revuelvo. A veces unas gotitas de limón, cuando el cordero está, por ejemplo, si lo mato hoy día y me lo como a la tarde, como que se vaya el olor al cordero, pero nada más. Yo solamente sal.
– ¿Eso en la parrilla?
Sí, aunque como más lo hago es en una llamada de tambor, no sé si lo ubica, yo tengo uno allá afuera si es el que es como el tambor le mete la lata, la saca y la pone. Ahí queda muy rico también, pero en la parrilla pierde toda la grasa porque cae abajo. En cambio en el horno se queda con en la lata la grada. Mi hermano le echa cebolla y le echa unas papitas y se doran, queda jugosito, muy rico, pero ahí come mucha grasa.
– ¿Cuánto tiempo más o menos lo tiene que dejar en la parrilla?
Si está bien quemadito el carbón, casi unos 30 minutos y ya está casi bueno.
– Tiene que ser como una brasita.
Sí y que la presa no sea muy gorda, por eso se corta, que sea finita, porque eso se va dando vuelta.
– ¿Y en el horno de tambor cuánto rato habrá que dejarlo?
No, en el horno, usted si, como el fuego del horno es lento, pero yo creo que en una hora está listo.
– ¿Acá venden cordero fresco?
Sí. Nosotros los que compramos son fresquitos. Mi hermano por ejemplo, para el 18, lo mata el día antes, lo dejamos en una bodeguita que tenemos para atrás colgando, para que se oree, dicen ellos. El otro día se hace el asado, no enseguida.
– ¿Algún mensaje que le gustaría dejar a la gente joven, con respecto de la cocina antigua, de la vida al campo?
Sí, yo pienso que, a ver cómo me lo digo yo, bueno, como la comida, que tratemos de usar los productos más sanos, más sanos, no todas estas cosas congeladas. Yo le diría a la gente, bueno, eso es seguro. Que aprovechemos eso, porque acá estamos en un campo todavía, pero puede tener una gallina, puede tener un corderito. Aquí lo voy a guardar para este otro año, si voy a tenerlo de nuevo. Lo que nosotros producimos, pero que sea más sano que no sea cosas tanto tiempo guardado en un refrigerador, como que pierde el sabor. Aprovechar lo que la naturaleza los va entregando por sí en cada tiempo.
*Texto y fotos de Clara Bustos Urbina






