Doña Berta Cáceres Barros en sus manos porta el conocimiento ancestral que hasta hoy se cultiva en Cutemu. Aprendió siendo niña a trenzar la paja de trigo ligún, minucioso y rutinario ejercicio de preparación del material base para la confección de sombreros y otros objetos propios del campo chileno.
Muy niña heredó de su madre la tradición por la que ha sido muy reconocida a nivel nacional. Y hoy, a sus 77 años, continúa trenzando. Vive con su marido, Hugo Reyes, con quien se casó a los 22 años y formó una familia con cinco hijos, de los cuales solo una, Andrea, recrea con gusto el saber de esta artesanía ancestral.
Distintas molestias físicas y enfermedades le limitan, pero sus dedos siguen diestros. “Mi marido me dice que no siga, pero a mí me gusta trenzar”, enfatiza. La costura -el siguiente paso del proceso- a veces lo encarga y otras lo hace ella mismo en su máquina Singer “que ya no son como las de antes”. Todo con la intención de juntar productos para ir a ofrecer en primavera a los rodeos.

Doña Berta, en el jardín de su casa en Cutemu.
En esta entrevista habla de esta herencia ancestral, de su vida en general, la que comenzó con una dura infancia en una localidad vecina, la Quebrada de los Barros y, por supuesto, de cocina, la que pudo empezar a disfrutar en la nueva vida que empezó a forjar al casarse y recibir con mucha ilusión y alegría a su primer bebé, dejando atrás las carencias materiales y afectivas.
– ¿Ha vivido siempre en el mismo sector?
Nací acá en la Quebrada de los Barros, cerca de acá.
– ¿Cómo era su vida? ¿Vivía con sus papás, tenía hermanos?
Sí. Éramos siete hermanos.
– ¿A qué se dedicaban sus papás?
Mire, era poco lo que trabajaba mi papá porque la vida de antes era muy difícil. Mi papá era bien… le gustaba harto el trago. Era poco lo que trabajaba, pasábamos hartas necesidades. Y entonces la vida de mi mamá era diferente a la de mi papá, porque mi mamá, la familia de ella, era de buena situación. Y después que se casó sufría un poco por mi papá. Entonces trabajaban poco y pasábamos harta hambre nosotros.
– ¿Cómo lo hacían entonces en esa época con esas dificultades?
Bueno, muchas veces salíamos, mi mamá nos mandaba para alguna parte para que pudiéramos comer. Hasta que una fue capaz de trabajar. Una de muy joven empezó a trabajar.
– ¿Y en su casa quién cocinaba cuando era chica?
Mi mamá y mi hermana mayor. Yo empecé a cocinar de muy jovencita.
– ¿Cómo de qué edad más o menos?
Tendría unos ocho años. Yo molía en la piedra, tostaba trigo, le hacía comida a los perros. Porque antes teníamos que moler trigo en la piedra para comer pan, para comer tortillas… para comer pan.
– La cocina era de leña.
Mi mamá nunca tuvo cocina de ninguna, ni de esta de fuego, ni de cocina de la otra, nunca. Después de que yo me casé, sí. Yo he tenido de todas las cocinas, pero antes no. Se cocinaba a fuego nomás.
– ¿En ollas de greda?
Sí, y a veces la hacíamos en olla de greda. Yo una vez calenté la comida en la noche y una sobrina mía iba saliendo y yo iba con la olla y se para y se me quebra la olla en la cabeza de ella… (sonríe). Y ella vive por acá, es que por acá, por allá, somos pura familia.
– ¿La comida que ustedes cocinaban en el día a día la recolectaban, la compraban, hacían intercambio de alimentos?
No, pues, si mi papá… No era sacrificio, no es como ahora, que una se preocupa más de los hijos. No es por pelar a los padres, pero una lo da todo por los hijos ahora. Porque una, yo a mi hijo le di estudio hasta cuando pude, y a una no; es que a una no le dieron estudio, la sacaron del estudio para mandarme a trabajar. Yo cuando empecé a trabajar, empecé a coser a los 15 años y a trenzar empecé como a los 6 años. También me sacaban a cortar uvas… pero eso todo me lo tomaban ellos. No era para mí lo que ganaba.

A los 6 años, doña Berta empezó a trenzar, un oficio que le permitió ganar el sustento y que hasta hoy, a sus 77 años, continúa ejerciendo.
– ¿Todos los hermanos?
Todos, todos salíamos a cortar uvas. Y así, pues así pasábamos la vida, bien, bien, bien pobres. Yo cuando vivía en mi casa, mi mamá, mucha pobreza. Pero sabe que yo no pasaba tanta hambre, porque mi mamá me mandaba para cualquier lado a trenzar y ahí me daban comida.
– ¿No tenían siembra?
Tenían harto suelo; mi mamá por el lado de sus padres. Harto suelo tenía, pero mi papá como era un poco dejado. Y todos al final eran dejados, porque los hermanos mayores tampoco sembraban mucho; de primero sí, pero después ya no. Entonces igual después el suelo lo fueron vendiendo, ya se fueron partiendo los hermanos del suelo. Y a mi papá se le daba poco al pobre viejo por la vida.
– Y en el día a día, ¿qué comían en la casa entonces?
Oiga… ayer mismo yo me reía al recordar… Había días que comíamos puras naranjas. No es mentira, porque teníamos hartos naranjos en la casa, muchos, porque era muy bonito esa parte antes, membrillar y muchos árboles, muchos perales, mucho de todo, porque los abuelos tenían buena situación, pero yo no conocía a ni un abuelo, ni a abuelo ni abuela por parte de mi mamá. Pero ahí nosotros pasábamos harta necesidad. Pero yo menos porque, como le digo, mi mamá me mandaba para una parte, me mandaba para la otra, a servir, a servirle a la gente. Y ahí a mí algo me daban, y ahí le llevaba yo, y yo cuando empecé a trabajar también, yo todo lo que compraba se lo daba de primera a ella.
– Para Navidad o Año Nuevo, que son fechas especiales, ¿se podía hacer algo distinto de comida, no?
A veces sí, a veces, pero a veces no; a veces como que era como cualquier día nomás. Ya cuando nosotros crecimos ya fue diferente.
– ¿Y cuando crecieron, qué comían cuando ya podían colaborar ustedes?
Comprábamos carne de cabros, de corderos, cosas así. Y para comer pan teníamos que moler en la piedra. Para hacer tortilla teníamos que moler en la piedra trigo.
– ¿Ya no lo hace?
No, yo no soy capaz ni de hacerlo ahora de ninguna manera, porque tengo problemas a todos mis huesos. Y ahí molíamos en la piedra, tostábamos trigo, comíamos harina, cosas así pues, ulpo.
– ¿Qué es lo que usted recuerda como lo que más se comía en las casas de esos tiempos?
En mi casa había muchos membrillos. Comíamos membrillo, comíamos cocha. Le decíamos cocha a la flor que da el membrillo y comíamos unos jarrones con agüita.
– ¿Su mamá tenía huerta?
Sí, plantaba también mi mamá. Tenía un jardín, mi hermana la mayor lo gobernaba, lo regaba, lo cuidaba, entonces por ahí se daban porotitos, cebollitas, de eso.
La vida después del matrimonio
– ¿A qué edad se casó?
A los 22, ya tenemos 55 años de casados.
– ¿Cuántos hijos tiene?
Cinco. Yo quería puro tener un hijo. Pensé que no iba a tener hijo y yo le hacía empeño porque quería puro tener un hijo.
– ¿De dónde había aparecido ese temor?
No sé, porque como otros se habían casado como a un tiempo mío y se quedaron embarazadas altiro. Yo no, pues no quedaba embarazada. Entonces, desde que supe que estaba embarazada, recién a los nueve meses que me casé, me quedé embarazada. Andábamos pues fuera con mi esposo, por Curicó, la Florida que se llama, donde fuimos a trabajar allá a las manzanas, y me vine al tiro porque no fuera a perder la guagua cuando estaba trabajando. Para conservar a mi hijo, que es el mayor que tengo. El único hombre.
– ¿La hizo feliz quedar embarazada?
Sí, sí, aunque yo la sufría mucho, sí.
– ¿Y su marido se puso feliz con usted también?
Sí, sí. Él me mandó que me viniera, que me viniera.
– ¿A sus hijos los tuvo en la casa?
Yo tuve dos acá en mi casa, acá. Pero después tuve todos en Santa Cruz. En Lolol y en Santa Cruz, y uno en Santiago.
– ¿Y nietos?
Diez. Biznietos, una.
– ¿Cambió mucho su vida cuando se casó?
Acá desde que me casé vivía con mi marido y con mi suegro hasta que falleció. Y gracias a Dios, después desde que me casé, yo he trabajado harto toda una vida, mi marido también, pero nosotros no hemos pasado esa necesidad de antes, gracias al Señor.
– Se acabó la pobreza.
Sí, en eso no tengo nada que quejarme porque Dios ha tenido mucha misericordia; lo único, yo he sido muy enfermiza toda la vida, muy enfermiza desde muy joven.
– Tal vez por las mismas condiciones adversas…
Tal vez… Yo desde muy joven me empezaron a dar ataques, llegaba y caía en cualquier parte. Pero ahora después, gracias al Señor… Aquí no, yo para la comida o para mis hijos, lo mejor para ellos y nunca les ha faltado nada.
– ¿Son agradecidos ellos también?
Sí, pues tienen que ser agradecidos porque yo les digo que ellos vivieron en una cuna de oro para lo que vivió una. Porque nosotros… a mí me llevaba mi papá a trabajar para afuera, a cortar uvas. Yo era muy jovencita, y yo andaba con unos vestidos delgaditos, unas polleras delgadas, y temblaba del frío y con ojotas. Invierno o verano era lo mismo, porque ellos no se preocupaban mucho y si iban a hacer algo, se lo tomaban ellos, lo que uno ganaba. A mí me hicieron trabajar mucho de muy nueva, pero…
– Volviendo a la comida, ¿usaban algún producto del mar o de la costa en esa época?
Del mar muy poco antes. No andaban vendiendo como ahora. Y para ir también para la playa, como ahora que llega y va una para cuando una quiere… Después sí.
– ¿Cómo conservaban los alimentos?
No, antes. Antes no había nada de refrigerador ni una cosa. Antes se compraba carne, si se compraba un pedacito de carne, una cosa que compraba carne aquí arriba donde el caballero que les digo, y le llegaba a mi mamá. Siempre venía y pasaba a la casa donde yo trenzaba y me querían harto, porque yo era buena para trenzar de muy chica, y yo, como ya empezaba a trenzar y a coser, y ganaba mi plata, y yo le compraba carne al caballero cuando no tenía, me dejaba, después se lo sacaba y le llevaba para la casa. Y la secaban. La secaban, la salaban bien saladita y la secaban al sol.
– ¿Como charqui?
Sí, la secaban al sol, sí. La sancochaban y la salaban bien salada y la secaban al sol.
– ¿Recuerda cuáles eran las comidas más típicas de esta zona?
Antes lo que mucho usábamos, que yo después de casarme, nosotros comíamos mucho locro de garbanzo, que llamamos, harina de garbanzo, de chícharos.
– Locro de garbanzo.
Claro, muy rico.
– ¿Cómo se hace?
Se hacía con papitas o con poroto. A nosotros nos gustaba mucho. Tostábamos garbanzo o chícharo y mandábamos a moler. A mí me encantaba y ahora eso se perdió. No hacemos nunca esas comidas. No sé por qué, si es rica esa comida y alimenta, pero ahora no.
– ¿Y sus hijos la comían?
Sí, sí, los hijos tenían que comer lo que yo hacía, porque yo no era de esas que le hacía que si no le gusta esto a mi hijo no lo voy a hacer, no, no. Yo hacía comida y tenían que comer y el que no come, no come nomás, porque las mañas se pagaban aparte. Ahora no, ahora los niños son así. Usted hace una comida y muchas veces no tiene que echarle porotitos verdes porque a uno no le gustó; lo saca. Lo mismo los pimentones, las zanahorias… Yo hacía nomás comida y el que tiene hambre, a comer. Si no tienen hambre, no comen nada. Si tuvieran hambre comerían. Comían otras cosas, comían pan, comían cualquier cosa.
Dulce de guañaca
– ¿Qué le gustaba más cocinar?
Yo cocinaba de todo y todo sabía hacer.
– ¿Cómo aprendió?
Yo miraba a alguien hacer algo y aprendía. A mí nadie me enseñó, por ejemplo, a hacer pan. Yo hacía dulce de guañaca. No sé si usted lo ha comido alguna vez. Y yo en la casa donde aprendí a hacerlo fue en la casa de los suegros de mi vecina, Demófila, y ahí aprendí a coser también con la señora Julia Valenzuela. Y hay muchas cosas. Yo veía a una persona cómo hacía la huma, la empanada, y yo aprendía.
– ¿Cuál es su preparación?
El dulce de guañaca se hace una masa, como cuando usted va a hacer pan. Se hace una masa y se le echa grasa, harta grasa hay que echarle para que no quede dura. Es como esos pastelitos que compra, los que hacen rellenos a veces con manjar o con otra cosa, o empolvadito. Esos son alfajores que lo llaman, son como así, más grandes, nosotros los hacemos como un platillo. Hay que echarle grasa y aceite.
– Lo hacen delgadito.
Delgadito. Se amasa, después se uslerea, se corta y se hace. Y se hace una conserva que se llama, de miel negra, harina de hacer pan y harina tostada y una ralladura de, por ejemplo, de limón o de naranja. O una cascarita para que dé otro sabor.
– ¿Esas laminitas se ponen al horno?
Sí, pues las estas se cuecen en el horno.
– Pero poquito rato.
Sí, para que no se quemen, que se doren nomás, y se montan en tres. Ahí la hojarasca se enfría al aire, pero la conserva va calentita, tiene que ir calentita para que pegue una con otra cuando se rellena. Y después se rellena por el lado con una cuchara, y queda así, como esos pastelitos pero más grande.
– ¿Y todavía lo hace?
Yo sé hacer todo, pero ahora yo no puedo hacer porque yo paso muy enferma.
– ¿Y alguien de su familia lo hace?
No, de mi familia no sabe nadie. Nadie sacó lo que yo hacía, ni de coser sombreros, ni nada de eso. La Andrea sabe hacer algo, pero poco todavía.
Comida casera
– ¿A usted le sigue gustando la comida casera?
Sí. Es que a mí me gustan todas las comidas. Entonces, por ejemplo, el charquicán me gusta mucho. Y lo hago muy poco. Entonces, ayer hice. Es que hay comidas que yo no soy, como le digo, yo sí hay comidas que no las puedo comer porque me hacen mal. Por ejemplo, el poroto me hace mal.
– ¿Y extraña alguna comida?
No, porque sé que no voy a poder comerla. Entonces no le afecta eso. No. Yo ahora como sin sal, incluso. Todo sin sal.
– Y ahora que usted no puede cocinar tanto, ¿quién le ayuda?
Como vivimos con mi marido solos, a veces cuando también él pasa malito, porque los dos tenemos harto problema, el corazón y otros. Pero a veces él también cocina. Él me ayuda, me ayuda mucho en muchas cosas, sino yo no sería capaz, porque me tiene privada a mí que no haga nada. Mis hijos también ayudan, económicamente también lo ayudan mucho.
– Mencionó el locro de garbanzo, ¿hay otra comida que no se haga ya hoy en día?
Sí, por ejemplo, antes comíamos mucho el mote con zapallito, así con poroto. El mote al caldo. Ahora eso a los chiquillos no les gusta mucho. No les gusta el caldo con mote. Por ejemplo, un caldito de vacuno con mote, una carbonadita con mote es muy rica y más sana, pero no les gusta. Y el mote es muy fácil ahora, se compra y recién comprado usted le hace la enjuagadita. Antes se pelaba, porque yo igual también hice eso, pelaba mote y lo vendía en el campo, yo me hacía de cualquier cosa plata, pero ahora…
– ¿A sus nietos les gusta la comida casera, no?
Sí, sí, algunas, algunas. También pues les digo que son mañosos para comer, son mañosos. O sea, hay cosas que les gustan y cosas que no. Por ejemplo, una hace un caldo con poroto, poroto verde, zanahoria, esas cosas, todo eso, pimentón. Todos los van dejando a un ladito, a un ladito. Casi todos son iguales.
– ¿A sus hijos les enseñó a cocinar?
Cuando vivían conmigo ya ahí aprendían, me ayudaban harto a mí. Al menos ella, la que está aquí al lado, ella siempre ha sido muy inteligente. Ella sabe hacer tortas, sabe hacer… Tengo una nieta que vive con el papá y ella sí, pues ella cocina, cocina.
Cambios en la alimentación
– ¿Qué cosas ustedes creen que han cambiado de los ingredientes de antes a los de hoy?
Mucho porque la vida de antes, por ejemplo, había que tener el mote todos los días, poroto con mote, o si era poroto con mote, era poroto con mote, o si era un caldo, un caldo con mote. Ya con ese locrito que yo les digo, y ahora eso no se usa por lo mismo porque yo sí a veces, yo no hago mucho con mote porque a mí me hace mal la carne de vacuno, yo no puedo comer ni una carne de vacuno, tiene que ser de ave nomás, pescado o de ave. Pero esas cosas ahora son diferentes de antes. Ya antes comíamos de todo, harina tostada, ulpo. Ahora, ¿quién come ulpo? Yo a mis chiquillos los crié con leche con harina tostada, más alimenticio.
– Había gente que tomaba como malta con harina.
Yo nunca he tomado. Pero sí, se usaba mucho eso. La malta con harina, con huevo también. Pero yo nunca he sido de tomar trago, ni de cuando joven, ni nunca. Ni una gota de nada, de nada.
– ¿Qué es lo que más le gusta comer?
Hoy son pocas las cosas que puedo comer, pero yo no soy mañosa para comer. Yo como de todo. Lo que me dé el acomodo es lo que puedo comer.
Cocina en familia
– Y por ejemplo, cuando es 18 de septiembre, Navidad u otras fiestas, ¿se juntan sus hijos?
Sí, nos juntamos todo el tiempo.
– ¿Y cuando hacen eso, quién cocina?
Entre todos.
– ¿Y ahí le gusta cocinar?
Sí, me gusta que nos juntemos todos.
– ¿Y le quedan hermanos vivos?
Sí.
– ¿Y con sus hermanos se juntan?
Tengo tres hermanos vivos. Sí, por lo menos con una hermana, que es una hermana la que me queda viva, nos juntamos siempre.
– ¿Cocinan juntas o no?
A veces sí. Es que ella, cuando yo voy a su casa, cocina ella, porque no me deja cocinar a mí. Y cuando ella viene para mi casa yo no la dejo cocinar a ella tampoco.
Herencia de tradiciones
– Me decía que de sus hijos, ninguno teje los sombreros.
De mis hijos, la única que aprendió a trenzar fue mi hija mayor.
– ¿Y por qué cree usted que es así?
Porque no les gusta y no tienen la necesidad. Y las otras porque estudiaron. Mi hijo mayor también trenzaba antes. Yo lo hacía trenzar y trenzaba hasta grande.

Doña Berta cociendo las trenzas de paja. Fotografía de Ig. @lasendadelsombrero
– ¿Debería mantenerse la tradición?
Uno no quiere que se pierda la tradición. Yo le hice harto empeño en que aprendieran a coser, para que no se perdiera, que no fuera yo la única en la casa, pero no les dio para aprender a coser sombreros.
– Pero todavía hay más gente que teje por acá, ¿o no?
Sí, igual hay harta gente que trenza.
– ¿Y usted qué le diría a su nieto? ¿Usted cree que eso pasa con todos los jóvenes?
No sé, porque hay algunos que ahora pasan más metidos en el teléfono que escuchar un álbum. Sí. Sí, pues ahora es la cosa así. Ahora es el teléfono que diga, la televisión, el teléfono y dormir. Es la vida de ellos.
– ¿Le daría algún consejo a las generaciones nuevas?
Muchos consejos, yo igual le diría muchos, pero si una les dice algo, no les gusta.
– Pero si le escucharan, ¿qué les diría?
Que coman ensaladas y no tomen tanta bebida.
- Para consulta sobre valores y encargos de sombreros, canastitos y otros objetos realizados con la tradicional técnica de trenzado de paja de trigo, contactarse con doña Berta Cáceres o su hija Andrea Reyes al +569 9765 4300
Texto: Clara Bustos - Fotos: Karina Jara / Andrea Reyes / Instagram @lasendadelsombrero
* * *
Entrevista realizada en el marco del Proyecto Fondart Saberes y Sabores de Cardenal Caro.
Patrimonio gastronómico oral rural de Cardenal Caro.





