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María Cecilia Vargas Sánchez

“El mar es una inspiración tremenda, no es solamente que me provee de comida, de trabajo; el mar es como que me llena por dentro… yo pienso que esto se llama vida, vivir”, señala María Cecilia Vargas Sánchez (57 años, casada, 3 hijas). Se define a sí misma como “marera”, término en el que incluye sus oficios de recolectora de algas, mariscadora de orilla, cocinera patrimonial, emprendedora turística y artista de mosaicos costeros; es decir, una vida en torno al mar y, más específicamente, al mar de Pichilemu.

Desde lo alto de Punta de Lobos se puede observar su trabajo y el de sus hermanos y compañeros. Bajando una pronunciada quebrada se encuentra el área de manejo asignada, desde donde accede al lugar que por generaciones les ha pertenecido. El suyo dice “Área de Indio Toñino”, escrito con pintura blanca en el techo del rancho. Ese es el apodo de uno de sus hermanos; el de otro es “Marzo”, y el de ella es “María Luche”. “Aquí todos tenemos otros nombres”, comenta.

Trabaja junto a dos de sus hermanos.

Al llegar a su puerta, no obstante, tiene otra identificación: un logo redondo, moderno, con la palabra “Marero”, el nombre con que se distingue el emprendimiento turístico que incorporaron al trabajo tradicional.

Su vida transcurre en la orilla, allí donde el mar concentra el cochayuyo, el luche, las lapas y las jaibas. Mientras los hombres desafían el oleaje entre los roqueríos, ella y las mujeres de su comunidad se encargan de la recolección, el tendido de las algas en las riscas y el posterior amarrado. Es una labor de todo el año que han aprendido de sus antepasados. “Mi papi no tenía un rancho, él ocupaba esa cueva que se ve ahí”, apunta hacia el borde de la quebrada.

Al fondo, la cueva donde se guarecía su papá. El acceso a la quebrada.

Para Cecilia, el mar no es solo una fuente de sustento económico; es su ambiente natural, un espacio sagrado que inspira vida, que da respuestas y que incluso cura dolores profundos, como la muerte de seres queridos.
Guardiana con visión comunitaria de su hábitat y de su trabajo ancestral, integra la Cooperativa Caleta Los Piures de Punta de Lobos, con la cual han logrado romper monopolios históricos al ganar un proyecto estatal que les permite, desde hace un año, vender directamente su producción a fábricas en Rancagua, negociando un precio justo. Enfrenta su labor con conciencia ecológica al defender una explotación sustentable de los recursos, aplicando en ello la sabiduría heredada de sus mayores y el impacto latente del cambio climático.

– ¿En qué consiste su trabajo día a día aquí en la orilla?
Comúnmente lo que hace uno es ayudar a recoger el cochayuyo. Los hombres se van allá adentro a la roca a cortar, nosotras las mujeres mareras ayudamos a tenderlo, a recogerlo, a amarrarlo, a venderlo y a cocinarlo. Por esas riscas por ahí, por esas piedras por ahí arriba, tendemos. Después de tenderlo, uno se pone a hacer otra cosa, si tiene que, por ejemplo, limpiar un espinel o si tiene que amarrarlo. Porque este, después que uno lo saca, tiene que amarrarlo, traer eso atado y venir a amarrar el cochayuyo. La chiquitita se llama “maleta” y 25 de esas forman una rueda, la “rodela”, que se vende comúnmente para afuera.

Explicando las distintas partes de la planta de cochayuyo.

– ¿La gente también les viene a comprar directamente acá?
Sí, sí, compran directamente.

– ¿Ustedes aprendieron este oficio de sus padres?
De los papás. Nuestro papá era buzo mariscador y mi mamá, que era de otra parte, aprendió la recolección. El papá aprendió del abuelito, el abuelito de su papá y así, como una cadena. Los amigos, los conocidos, todos aquí trabajamos en el rubro.

– ¿Siempre en Pichilemu?
Siempre en Pichilemu nosotros. Nos tocó la fortuna de que siempre en Pichilemu.

– ¿El cochayuyo lo van a cortar o recogen el que bota el mar?
Lo que bota el mar es un alivio para nosotros, porque lo recogimos también y lo tendimos. Pero comúnmente, para tener cochayuyos en cantidades más grandes, tienen que ponerse su traje de buzo o sus cuestiones y meterse para allá a los roqueríos los chiquillos a bucearlos.

 – ¿Usted también saca mariscos?
Sí, nosotros somos mariscadoras, sacamos mariscos por aquí por la orillita. Sacamos lapa, jaiba, piure, potitos de mar, bueno, y todo lo que son las diferentes algas: el luche, la lechuguilla, todo eso.

– ¿Tienen algún tope determinado de extracción?
Es que uno no puede depredar el área, uno tiene que sacar cierta cantidad. Yo puedo ver, por ejemplo, un millón de caracoles allá y yo sé cuáles tengo que sacar. No puedo sacar los pequeños, tengo que sacar los más viejitos y los más grandes, porque si no se depreda el área y después ya no tenemos caracoles. Si uno ver una jaiba y ve más o menos que ya tiene los huevitos, tiene que dejarla ahí para que después se reproduzca. Tampoco podemos estar como “dame, dame, dame” y quedar sin nada con los brazos cruzados, como hemos visto para otras partes del país. Entonces nosotros también tenemos que ser inteligentes. Si nos dan una cuota de 10 toneladas de cochayuyo, nosotros no llegamos jamás a las 10 toneladas. Sacamos menos para que quede ahí y se reproduzca.

– ¿En el invierno se mantiene el mismo ritmo de trabajo?
Sí, todo el año. Mal tiempo, lluvia, temporales… En esos días normalmente nos dedicamos más a lo que es amarrar.

– ¿A quién o dónde venden las grandes cantidades que producen? ¿Hay intermediarios?
Aquí hay un monopolio; siempre se vende a las mismas personas. De Bucalemu, de Santiago, vienen a comprarnos unos camiones. La suerte es que nosotros por medio del gobierno nos ganamos un camión. Postulamos como tres años a un proyecto, hasta que el año pasado ya lo logramos. Entonces ahora no tenemos el intermediario. Nos vamos directo a Rancagua, “Buen Alimento” se llama la fábrica, y allá nos compran al tiro. Es que acá ponían el precio que ellos querían nomás.

– ¿Este camión lo ganaron como familia?
No, todos los socios de la cooperativa, porque nosotros somos la cooperativa Caleta Los Piures de Punta de Lobos. Somos 16 familias. No se puede decir “socios”, porque detrás de cada uno hay más personas, entonces nunca somos los 16 solos, son las familias completas.

– Familias siempre ligadas al mar…
Nosotros siempre. Todas las familias de nosotros son como ligadas al mar. Nos hemos casado… yo me casé con un caballero que viene de otro lado, pero resulta que se acostumbró al mar y se volvió marero; se mete a mariscar, se mete a los cochayuyos, todo.

– ¿Sus hijas también siguieron ese camino?
Dos estudiaron para profesoras y trabajan por acá, y una es más artista y se fue a Valparaíso, igual cerca del mar. Tiene que ser mar, no aguantamos mucho lejos. Yo, por ejemplo, puedo estar unos cinco días por ahí nomás, y después ya no, me enfermo, me quiero ir a la casa. Despierto en la noche y digo: ¿dónde está el ruido del mar? No escucho nada, y me tengo que ligerito venir, porque no se acostumbra uno.

– ¿Sus otros hermanos también se quedaron en el rubro?
Somos 9 hermanos y harta familia, todos nos criamos en el mar. Algunos emigraron a otro lado, otras mujeres se casaron con personas que no son ligadas al mar y le ayudan a ellos. De las mujeres, casi la que más trabaja en el mar soy yo.

Mostrando los dos tamaños de atados de cochayuyo.

¿Problemas en el territorio?

– ¿Cómo cohabitan hoy en día con los surfistas y los turistas?
Con la mayoría no, pero a veces hay surfistas que nos complican, porque pasan por donde no se debe y pisan los cochayuyos que tenemos secando. También, desde que llegó la modernidad, como que perdimos hasta la privacidad; porque los drones andan grabando, se acercan, a veces estamos por ahí mariscando o los chiquillos en el mar y el dron arriba de la cabeza viendo qué sacan, entonces uno como que ha perdido la intimidad. Y lo otro es la gente que ocupa acá como playa y también hay que permitirlo, nosotros no podemos a la gente decirle que no. Pero no respetan los caminitos, usan el lugar como baño… y los chiquillos con un saco en la mañana y un palo con un clavo enterrando las cuestiones y echándolas adentro: los pañales, los papeles, las mugres que dejan. Porque si este es un alimento, yo no sé cómo la gente no piensa…

– En cuanto al comportamiento del mar y los productos, ¿ha notado cambios graves este último tiempo?
Aquí en la zona, este año, principalmente, pasó algo muy inusual dentro de nuestra zona, uno de los bancos de arena. De aquí para arriba, por ejemplo, de un sector que se llama las Salinillas para arriba, se embancó el mar; como el 60% del área de manejo se embancó. Una cantidad enorme de cochayuyo ya no se pudo bajar a buscar porque había más arena, entonces todo quedó enterrado. Allí había lapas, había jaibas, había de todo tipo de mariscos también, y esas se enterraron todas, todas, todas.

– ¿Es la primera vez que ven algo así?
Debe ser el cambio climático. Nosotros sabemos porque también teníamos cachativa, que los abuelitos de nosotros en aquel tiempo lo hablaban muchas cosas. Y entre esas cosas, hace unos varios años ya, ellos dijeron que había pasado algo extraño aquí, como que se había tapado con arena. Ellos no decían “banco”, sino que se tapó el sector con arena, se enterraron los productos, contaban, y tuvimos ese año una pérdida, no teníamos alimento, ya, contaban. Nosotros escuchábamos nomás.

Un letrero que nos recuerda que el mar también es trabajo

Mareros por un día

María Cecilia es la anfitriona de la experiencia “Mareros por un día” o “La ruta de las algas”, donde a través del sitio web Ruta de los Abastos o coordinando directamente con ella a través del celular, recibe a turistas de Chile y otros países.

– ¿En qué consiste su trabajo turístico?
Hicimos una ruta turística hace poco y también alimentos, cocina patrimonial. Con la Ruta de los Abastos, hacemos  Ruta de las algas, que también se llama Mareros por un día. A nosotros nos gusta este nombre. La gente llega y le vamos enseñando sobre todas las cosas, sobre las hierbas, sacan comida con un chinguillo, cocinamos acá, comen, de todo.

Herramientas antiguas para la comida en el terreno.

– ¿Cómo les ha ido?
Bien. A la gente le gusta mucho lo que es natural, conocer lo que hacemos, hacerlo con sus manos. Eso es lo que me decía un caballero que venía de otro país: “Yo quiero estar en contacto con la tierra aquí. Esto es lo que quería vivir”. Entonces sentí emoción.

– ¿Son solo actividades o también les preguntan de su vida, de la cultura del mar?
De todo. Nuestros padres nos enseñaron hartas cosas, yo creo que todas las culturas tienen sus cositas por ahí, muy sagradas, como se dice, porque nosotros respetamos mucho lo que es a nuestros ancestros también; en esto de la ruta así lo hicimos. Teníamos como un sueño de muchos años. Recibíamos a gente sin la ruta, incluso nosotros antes ya recibíamos gente, pero apareció una niña invitándonos y entonces yo dije: bueno. Si yo aporto algo a la humanidad, a otras personas, me encanta. Así también he salido a cocinar para otro lado, he tenido la fortuna.

En emprendimientos, también produce – junto a La Despensa de O’Higgins – snacks de cochayuyo.

Cultivar el alma

Motivada por una profesora de educación básica, cuando niña descubrió su talento con las manos. Crea cuadros y figuras en mosaico utilizando conchitas, caparazones de jaiba y púas de erizo. Además, posee una sensibilidad literaria: acumula cuadernos llenos de poesía, cuentos y recuerdos inspirados en el ruido de las olas, e imparte talleres para personas con adicciones o dificultades, usando el arte como un refugio de sanación.

– ¿Cómo nació su veta artística?
Es que cuando niño uno tiene mucha creatividad. En la escuela tenía una profe y un día nos mandó a hacer un dibujo con unos fideos, entonces con mi hermana, ella también es muy artista, Carmen Gloria Vargas Sánchez, dijimos nosotros: hagamos uno de puras conchitas. Y la profe dijo ahí, delante de todos los niños: ¿Conocen el arte?, les dijo a los chicos del colegio. Aquí tienen artistas, dijo, y nos mostró a las dos. A ustedes les gusta mucho el arte, ustedes van a ser artistas en su vida, entonces como que nos quedó eso, grabado en la mente, y yo dije: bueno, yo soy artista, esto es ser artista, hacer cosas con las manos, artesana, artista, como le quieran llamar, porque como no estudié, yo me llamo artesana.

Detalle de un mosaico de la bandera chilena con conchitas.

– ¿Le gusta el arte en general?
Me gusta mucho el arte y me gusta mucho escribir dentro de lo poco que estudié, porque tengo hasta sexto básico. Me gusta mucho lo que es la poesía, el cuento, la ficción, me gustan todas esas cosas. Tengo la habilidad de que cuando vienen los niños les cuento cuentos relacionados con el mar, allí les explico cosas.

– ¿Dónde deja lo que hace?
Las artesanías también las vendo, mis escritos… tengo en la casa montones de cuadernos. Aquí en Pichilemu se hizo eso de 100 palabras como en Santiago y ahí me gané un premio por escribir un cuento.

– ¿Le gusta la poesía?
Me gusta mucho lo que es escribir la poesía, leer mucho dentro de lo que puedo leer, leer también, cultivar, cultivar el alma, porque yo creo que esto es como que le da algo especial a uno. Siempre he dicho, el mar es una inspiración tremenda, no es solamente que me provee de comida, que me provee de trabajo, el mar es como que me llena por dentro, como que a mis años que tengo, imagínese, esto es como, yo pienso que esto se llama vida, vivir, adquirir cosas de todo lo que uno es. No solo cosas materiales, esto da algo más profundo, el mar enseña algo más profundo.

– ¿Cómo en qué?
Muchas veces uno pasa por cosas terribles en la vida, como las muertes, la muerte de mi papá, la muerte de mi nieta, la muerte de los abuelitos, y el refugio que uno tenía era el mar: caminar por el mar, sentarse en una roca, buscar el sentido, por qué; y si no lo encontraba, una conformidad, decir “sí, me conformo, lo acepto, y pasó y yo estoy bien, y tengo que seguir”. Y esto a uno le da esa inspiración. Contra la rebeldía muchas veces de que no se tiene comida y no tenemos comida, la gente dice “no”, viene para acá, pesca una mata de cochayuyo, pesca, agarra una jaiba, lo que sea y tiene alimento, pues, come. O sea, esto es legado. Nosotros decimos que somos muy creyentes en Dios, siempre decimos que Dios existe en los pescadores, somos muy arraigados a la fe y decimos que este es nuestro Dios, pues, no como imagen, no como… una religión, también se puede decir religión a lo mejor, pero esto para nosotros es Dios, porque nos da todo: nos da el alimento, nos da el trabajo, nos da por dentro entendimiento, nos abre el ojo a las situaciones, nos da capacidad para desarrollarnos como seres humanos. Yo como Cecilia Vargas, para mí, y yo sé que los demás pescadores también lo sienten así, esto es como un dios. No tiene una imagen, como dije, sino que esto provee de todo: provee lo que es por fuera y provee lo que es por dentro.

La cocina de la naturaleza

– Volviendo a su infancia, ¿qué recuerda de la cocina, de las comidas en su casa, siendo tantos hermanos, cómo lo hacía su mamá?
Mi mamá aprendió a sacar marisco y para ayudar a su marido lavó ropa ajena, hacía hartas cosas. Ella inventaba comida, le ponía de repente algo que nadie le había puesto antes. Por ejemplo, el arroz graneado con los choritos con conchita, unos chicos que se llaman maicos; no es el choro grande ese que uno hace caldillo, es uno que sale harto pegado aquí en la roca. Mi mami venía y hacía el arrocito graneado con eso y le ponía arvejitas, papitas… entonces quedaba un sabor que nadie ha probado más que nosotros. Inventaba y sacaba de la naturaleza, y salían comidas ricas, po, porque aunque el chorito era más chiquitito, era muy sabroso.
También hacía pencas fritas, que se dan en esta época del año; hay muchas pencas aquí en esta zona. Entonces la penca se pela, se corta, se deja cocer y después se hace un batido, se pasan las pencas por el batido y se fríen. Y a ese nosotros le llamábamos el “pescado falso”, igual como el tallito de la acelga, pero eran pencas fritas. Rico, pues, el otro día comimos pencas nosotros aquí. La penca con huevito, la penca cocida… también se cuece y se hace ensalada.

–  ¿Ustedes todavía salen a recolectar por el campo?
Todavía por allí en los bajos, en los humedales, salen matitas y ahí uno va a recolectar. De repente uno toma por ahí un colectivo y la lleva al lado de un cerro, va y por allá encuentra penca. Como no podemos caminar mucho con mi mami, pero ella, si la convidamos, ella va y vamos para arriba a cortar por ahí. Volvimos con una cachá de pencas, las ponemos en un tarro blanco con agua y nos duran varios días. Al fin del invierno empieza la época de recolección de la penca y de los yuyos. Los yuyos están saliendo ahora aquí; los yuyos con porotitos, la hojita con porotitos y los tallitos de ensalada.

– El yuyo se comía mucho antes, ¿verdad?
Claro, el yuyo se comía mucho, y el cardo también, uno que sale por ahí, el cardo santo que le llamaban. Se pelaba el tallito del cardo y se ponía en ensalada también. Sí, pues, sí, esas comidas son comidas buenas, comidas que existían antes y esas comidas son las que aportaban. No tenía uno que andar mirándole la fecha a nada. La fecha la daba la naturaleza. La temporada de cardo es cardo. Esa era la fecha que teníamos para comer, no como ahora que ahora le miran la fecha a un tarro a usted.

– Todo fresco
¡Claro! Ahí era todo fresquito. Había temporada porque el cuerpo funciona como funciona todo en el mundo, por etapas. Si viene la arveja, usted come arveja. Viene la haba, come haba. En el invierno los porotos, las lentejas. O sea, nosotros estamos hechos como una máquina y no nos damos cuenta. Y funcionamos así. Ahora le metimos nosotros en invierno, le ponemos huma, le ponemos choclo, le ponemos no sé qué cuestión. Antes no, pues; a usted le tocaba la fecha de su cuerpo de comer en tal fecha, y su cuerpo ahí comía. Las naranjas para el invierno… Entonces eso funcionaba así. Las abuelitas de nosotros decían: ya para el invierno se come tal cosa, en el verano tal cosa, primavera, otoño. Y ellas lo que guardaban eran las legumbres. Las legumbres sí guardaban harto porque eso contenía mucho hierro, calcio y eso nos hace falta en invierno. Así, a lo natural.

  • Quienes quieran vivir la experiencia de ser Marero o marera por un día, consultar sobre valores y encargos de artesanías y productos marinos, contactarse directamente con María Cecilia Vargas al +569 7440 2616
Texto: Clara Bustos Urbina / Fotografías: Karina Jara Alastuey y Clara Bustos Urbina